martes, 18 de junio de 2013

YO SOY TU PADRE

YO SOY TU PADRE
Por Diego Cárdenas

Hoy te vi por primera vez. Nunca pensé que aquello de que un aparecido le escarbara la entrepierna a tu mamita pudiera llegar a traerme tanta felicidad. Entre una mar de gris, negro y blanco, el monitor me mostró tu primera imagen. Según el doctor, apenas tienes 5 semanas.Aún no se nota ninguna forma familiar y todavía nos tardaremos otro par de semanas en percibir el  latido de tu corazón. Eres un frijolito.

En ese momento no pude evitar recordar un experimento que generalmente me asignaban  cada par de años  en la escuela primaria, cuando era niño. El asunto consistía en tomar un frasco vacío de mermelada, llenarlo con agua y  ponerle encima un trozo de algodón sobre el que se depositaba un fríjol.  Día tras día, era necesario tomar apuntes de los cambios sufridos por el fríjol en una especie de bitácora. La espera era insoportable y me impacientaba a montones pues  cada día me acercaba y los cambios que notaba eran ínfimos.  Pero de repente un día el granito empezaba a germinar sin detenerse y entonces me maravillaba de cómo algo tan pequeño pudiera contener cosa tan magnífica en su interior.

Eso espero para ti. Con la misma impaciencia desbordada, deseo que crezcas, que prosperes y te fortalezcas. Que reboses de salud y cada día tu presencia se note más. Que ese frijolito se convierta en el maravilloso ser que esperamos con ansias. Porque el doctor se equivoca.Puede que estés hace cinco semanas en este mundo, pero has vivido por años en nuestras mentes y corazones, en las historias que aún no termino de contar, en las esperanzas  y sueños de dos familias y los anhelos de un sinnúmero de amigos. Has vivido tanto que tienes nombres propios hace mucho.

Habrá quienes afirmen que no merezco tanta felicidad y no puedo estar más de acuerdo. Una bendición tan grande como tu es indigna de cualquier hombre. Y te voy a contar un secreto de adulto:nunca nadie está preparado para ser papá. Creo que a veces los niños buscan refugio en nosotros para mitigar su miedo sin sospechar que a lo mejor estamos más asustados que ellos mismos.  Hay tantas eventualidades que se escapan de nuestro control, tantas preguntas que no podemos resolver, un mundo que asusta tanto ahí fuera… ¿Pero sabes qué?  Estamos dispuestos a hacer nuestro mejor esfuerzo para ser los mejores padres que podamos. Porque no vas a nacer en una familia con mucho dinero, ni con fama o influencia. Tus papás van a ser unos ñoños incorregibles, llenos de defectos y manías. Ni siquiera te prometemos que vayas a ser bonito, con el material genético  de papá solo espero por tu bien que la belleza de mamita prevalezca. Lo único que podemos ofrecerte es la promesa de amarte hasta el fin de nuestros días y el compromiso de tratar de entregarte siempre lo mejor.

A mi mente viene la ilusión de tantos momentos  futuros que queremos compartir contigo: tus cumpleaños, tus halloween , tus navidades, tu primer día de colegio, los cuentos para leerte antes de dormir…pero también me asaltan las preocupaciones de los retos y las responsabilidades que entraña la paternidad.  Solo digo que si puedo ser la mitad de buen padre que tu abuelo Enrique, me daré por bien servido.

Ojalá la vida me dé la oportunidad de leerte esto en un futuro, cuando seas algo mayorcito y puedas entender un poco mejor la ilusión que albergaba al escribirlo y juzgar tu mismo que tan bien lo hemos hecho hasta el momento. A lo mejor te sonrojes y lo encuentres cursi o vergonzoso de escuchar, como nos pasa a todos en algún momento de nuestra temprana juventud.

Aún si es el caso, solo quiero que sepas  que, incluso antes de nacer,  estoy convencido  de que eres el mejor regalo que haya podido recibir  y que trataré de trabajar cada día, por hacerme merecedor del privilegio de tenerte en mi vida. Te esperamos con los brazos ( y las piernas) abiertos.
                                                                   
                                                                    ****
Nos enteramos de tu presencia el día del cumpleaños de mamita.

Lo confirmamos un día antes del día del padre.

Pero esperamos poder amarte cada día del resto de  nuestras vidas.

 "Todo lo que tengo, lo que he aprendido, mis sentimientos. Todo eso y más pasarán a ti, hijo mío. Seré tu compañero todos los días de tu vida, harás de mi fuerza la tuya, verás mi vida a través de tus ojos y yo la tuya a través de los míos.El hijo se convertirá en padre, y el padre... en hijo"


Bogotá, Junio 15 de 2013

jueves, 6 de junio de 2013

FESTÍN DE RATAS

FESTÍN DE RATAS
Por Diego Cárdenas




Esta tarde me dirigía al trabajo un poco apesadumbrado pues no iba a poder asistir al evento de investigación  en enseñanza del inglés programado para el día de hoy. Precisamente me agendaron una capacitación en gestión pública toda la tarde y no iba a poder estar cuando la actividad diera comienzo. Este evento,planeado cuidadosamente por más de un año, incluía en su agenda las presentaciones de varios ponentes nacionales de las más altas calidades, los resultados de diversas e importantes indagaciones en el campo de la didáctica,pedagogía y áreas afines y la visita de un buen número de estudiantes  de otras ciudades que , comprometidos con su carrera y conscientes de su responsabilidad para con la profesión, se tomaron la molestia de sufrir largos y agotadores viajes solo para compartir con nosotros.

Prometía ser un excelente evento…pero todo cambió cuando la nación de los mamertos atacó.

La capacitación a la que asistía tuvo que ser cancelada cuando la detonación de las famosas papas –bombas se hizo demasiado persistente para continuar. Al salir del recinto en que me encontraba vi como un  enjambre de mamertos (me resisto a usar el término manada o jauría: me parece demasiado digno para denominar a estos sub humanos)empezó a aparecer como por generación espontanea frente a la oficina de registro.  Como insectos que salen bajo las piedras empezaron a congregarse y mientras lanzaban sus arengas ininteligibles, se dieron a la tarea de voltear los botes de basura regando desperdicios por todos lados. No me cabe duda que más de uno de estos personajillos estuvo ayer en la marcha carnaval por la vida y el cuidado de la naturaleza (guiño guiño).

Si algo debo reconocerles, es el compromiso con “la causa”. Todos y cada uno de ellos portaba un overol de trabajo, un pasamontañas o una camiseta alrededor de la cabeza, guantes y algunos usaban gafas oscuras.  Bajo toda esa ridícula y matachinesca indumentaria, sendos bultos que se podían adivinar claramente como morrales  deformaban su anatomía de por si contrahecha.  No meatrevo a afirmar que contenían dichos bolsos pero solo puedo presumir quese  trataba de tubérculos explosivos. Con el calor de los mil demonios que estaba haciendo esta tarde, tiene que estar uno muy comprometido con “la causa” para someterse  a la chucha crónica que debe producir dicho atavío.

Siendo egresado de universidad pública, el asunto no me pareció demasiado preocupante y simplemente me dirigí al auditorio de la música, lugar donde se supone tendría lugar el evento. Durante mi recorrido, observé como varios capuchos vaciaban más canecas de basura y las llenaban de piedras, ladrillos y demás objetos contundentes.  Del mismo modo a punta de gritos y consignas desalojaban de los salones a los pocos docentes lo suficientemente audaces como para no haberse retirado ya.

Cuando llegué al auditorio me di cuenta que la entrada principal estaba cerrada. Tuve que dar toda la vuelta para buscar la entrada alternativa que, oh sorpresa, también estaba cerrada. Tras algunos diálogos con el vigilante, logré que se me abriera la reja. Dentro estaban las organizadoras del evento, algunos estudiantes que colaboraban con el protocolo y varios asistentes. Al dialogar con las docentes me enteré que algunos de los expositores no habían podido siquiera entrar al alma mater.  Vergüenza de vergüenzas: los estudiantes que venían de lejos no habían podido ingresar al recinto y se encontraban en ese momento deambulando sin mayor rumbo, conociendo lo más selecto de las actividades y discursos de la fauna mamerta local.

¿Qué hacer con la conferencia? ¿Cancelarla? ¿Aplazarla? ¿Trasladar su locación? Nos encontrábamos discutiendo esto cuando un grupo de alepruces se acercó a la reja de la entrada. Es hasta jocoso como estos malandrines tratan de alterar su voz para evitar toda posibilidad de identificación. Esta es una técnica tan efectiva y madura como la del párvulo que le pone un pañuelo a la bocina del teléfono para hacer una pega. En este remedo de barítono uno de los canallas empezó a lanzar improperios contra el sistema,  la persecución del estado y los cómplices del imperio (Creo que no se refería a la federación de comercio de star wars sino a todos nosotros, herejes y arrodillados de los gringos que hemos optado por aprender el inglés como una segunda lengua) mientras miraba fijamente a los presentes, especialmente a una de las profesoras que se encuentra en este momento en su séptimo mesde embarazo.

Wow. Que poder. Que orgullo. Estos son los adalides de la justicia social cuyo mayor talento consiste en intimidar a mujeres embarazadas y académicos indefensos.

En medio de su discurso de tres pesos, otros encapuchados empezaron a destruir algunas de las cámaras aledañas. Luego ingresaron por la fuerza al cuarto de al lado, donde se aloja el centro de control del circuito cerrado,sacaron uno de los monitores  y tras estrellarlo violentamente contra el piso le propinaron un golpe de gracia con un  tubo. Luego de este acto heroico  el sujeto profirió un grito que creí entender como : “El sistema no tiene derecho a controlarnos y vulnerar nuestra privacidad” , pero no estoy seguro, la verdad con esa capucha y esa vocecita ridícula  me habría sido más fácil entenderle a algo a Sylvester Stallone en estado de ebriedad y con la lengua dormida.

Los vigilantes nos transmitieron la penosa noticia de que, por seguridad, era necesario evacuar. Dado que según informaciones obtenidas por comunicación celular, los gamberros ya se encontraban  causando disturbios de magnánimas proporciones en la entrada principal, nos dirigimos hacia el sector de “LaMaría” , que es la salida alternativa de la U. En el camino vimos como variosde estos  disolutos se oponían vehemente a que una larga fila de automóviles saliera  y les gritaban improperios mientras golpeaban salvajemente los capós de los mismos.

En un acto de redomada bravura, dos mamertos hurtaron el tractorcito que se utiliza normalmente para llevar documentos de una dependencia a otra o para sacar la basura,  y tras lo que pareció una eternidad ( no creo que el automotor desarrolle más de 40 Km por hora a su máxima capacidad) lo atravesaron en el paso de los vehículos.  De mi parte no he visto algo más risible y falto de clase en la vida. Atrás quedaron las icónicas imágenes del  capucho a punto de lanzarle una roca a un tanque, o de aquel avezado manifestante que se pone en el camino de uno de estos monstruos blindados, no…acá en el Tolima se monta en mini tractor (porque ni pa carrito de golf alcanza) y se le obstruye el paso a los civiles.

Pero aún faltaba la cereza del postre. Luego de un rato tres de los encapuchados se dirigieron subrepticiamente a la cafetería de la maría…bueno,tan subrepticiamente como tres atuendos brillantes y llamativos lo permitirían.Ante el ojo atónito de todos los que estábamos mirando desde el edificio opuesto ( bloque 33) , estos canallas procedieron a forzar la puerta de entrada ingresando violentamente al recinto.  Los que compramos a diario en dicha tiendita, escuchamos el timbre inequívoco que se produce cuando la caja registradora se abre. Es algo vieja y en ocasiones es menester forzarla un poco para que entregue el cambio. Sin remordimiento aparente, estas tres ratas se alejaron entre los abucheos generalizados  e insultos ganados a pulso por la repugnante acción.

Se necesita no tener madre para robar sin compasión de quienes nos sirven día tras día.

Se necesita ser un despojo subnormal  muy bajo para proclamar equidad y justicia social  y al tiempo llenarse los bolsillos con el resultado del trabajo de alguien más, alguien que a lo mejor posea su mismo o más bajo estrato social y que finalmente va a tener que responder por ese dinero.

Me quedo corto en adjetivos y metáforas para describir el asco y la lástima que me producen esta acción y sus autores.

Minutos después, los hampones cuya nueva función era cuidar la puertade atrás, hicieron llamar a la dependiente de la cafetería que corrió hacia allí con un rostro de desgarradora  esperanza. Los sujetos tuvieron la desfachatez de devolverle cuatro mil pesos.  Ante la airada reacción de los presentes,estos guiñapos adujeron que solamente tenían sed y por ende habían entrado a “tomar prestadas” un par de gaseosas.  Ante los abucheos y críticas de los espectadores, su corazón se conmovió….y entregaron otros ocho mil pesos.  No estuvo tan mal. De un producido de cerca de trescientos mil pesos  se recuperaron doce mil.

Finalmente nos retiramos de la universidad. Por imágenes que he visto en un par de medios de comunicación,  creo que estando en la U no me enteré ni de la mitad de los excesos y absurdos que cometieron estas rémoras en nombre de la libertad y la justicia social. No me malentiendan, estoy tan insatisfecho con muchas iniciativas gubernamentales como cualquiera que tenga medio dedo de frente y no cabe duda que el país requiere una transformación social profunda. Pero ante acciones tan absurdas  y flagrantemente vandálicas no puedo más que sentir repugnancia y profundo rechazo.

El evento tuvo que ser recortado, aplazado y trasladado. No imagino cuantos traumatismos similares pudo haber causado esta ignominia.

Para terminar, solo espero que disfruten el dinero que hurtaron de manera tan descarada y que luego de adquirir con el estupefacientes, boinas y camisetas del Che les alcance para comprarse una decencia, un cerebro y una madre.


Muchas gracias,

jueves, 30 de mayo de 2013

SUICIDIO S.A., CAPITULO 6, IRBY



CAPITULO 6
IRBY
Si recordar es vivir,  sin duda olvidar es morir un poco. Morir debería ser entonces una bendición para el suicida. Pero existen aún algunos que, como yo, deciden escupir en la cara de la providencia y tratan de hurgar sin consideración entre los remanentes del pasado. La  habitación era minúscula, no más que un cuarto de “san alejo” reservado para los cachivaches y desechos de una época que hubiese querido ser dorada.  Cajas enmohecidas y ruinosas se apilaban hasta el techo, conformando una  triste despensa de  promesas aplazadas. Mis archivos incompletos eran guardados con celo por mi madre, si no por el talento  en ellos contenido cuando menos por nostalgia de lo que pudo haber sido.  

Beata hasta la médula, nunca estuvo muy de acuerdo con las temáticas truculentas y siniestras que a menudo poblaban mis escritos, achacando mi obsesión por lo oculto a la temprana muerte de mi padre en un accidente de tránsito. No obstante ese terco orgullo de madre que no abandona ni a la progenitora del peor reo la obligaba a presumir de su hijo “escritor” siempre que podía.

En retrospectiva, se puede decir que mamá me dio vida dos veces. La primera  en mi nacimiento y la segunda, gracias a los registros de mi trabajo que meticulosamente guardó y sin los cuales mi existencia espectral habría estado desprovista de memorias. Aún no se si deba agradecerle o reclamarle.

Sumergido en el mar de mis proyectos inconclusos leía con avidez las más recientes entradas de mi diario. Sin duda era menester alejarme por un rato  de “La Antorcha” después del fiasco de mi plan.   Cualquiera que haya sido la protección emplazada en la puerta escondida de la oficina de Don Orlando, era claro que estaba diseñada para ahuyentar fantasmas causando el mayor daño posible.  Doña Adela, Kiara y yo aún no nos reponíamos del episodio. Flotábamos tenues, a la deriva y sin energía para siquiera manifestarnos a voluntad. Por días deambulamos con la fatídica apariencia que teníamos el día de nuestra muerte: la mucama con su soga al cuello, la artista desangrándose por las muñecas  y el escritor frustrado con un balazo en la sien. Un trío funesto incluso a vista de nuestros pares, que tuvieron que esperar cerca de una semana para poder obtener una explicación muy poco satisfactoria de los sucesos acontecidos. Curiosamente,  solo Max parecía no haber sido afectado por el incidente y además de una visible e infructuosa preocupación por tratar de cuidar de nuestra “salud”, su apariencia y comportamiento permanecían invariables.

Nuestra condición mejoró un poco con el tiempo pero el ambiente se tornó más tenso. Recriminaciones y culpas llovieron sobre mí. Doña Adela apenas saludaba por forzada urbanidad y Kiara decidió no dirigirme la palabra en respuesta a lo que llamó “un plan estúpido, infantil y egoísta que no logró más que hacernos correr riesgos innecesarios para satisfacer mi curiosidad”. Un temor amorfo las invadía y solo a través de sus reclamos podían de alguna manera justificar la fuente desconocida de su inquietud. Evidentemente la cercanía de EL OLVIDO  las había desencajado por completo pese a no haber sido conscientes de su presencia. No obstante no me atreví a relatarles todo lo ocurrido para no acrecentar aún más su terror y confusión. Para colmo, debido al bochornoso incidente “El Imbécil” había sido echado a patadas de la oficina de Don Orlando y hacía semanas que ni a él ni a Valeria se les veía por el bar.

Al borde de mi paciencia, decidí hacer una de mis conocidas excursiones a casa de mamá para adelantarme en el diario. Carlos estuvo más que presto a ayudarme esta vez.

¿Quién iba a creer que a las mujeres fantasmas les viene la regla eh? Ese par ha estado mas intolerable que de costumbre últimamente. Lo que sea por salir de aquí

El transporte estaba listo, pero el músculo que me ayudaba a abrir el cajón del escritorio, buscar el diario y pasar las páginas era otra historia.

– Cuando te cumplí el caprichito de salvar el cuadro del maldito gato ese te dije que te iba a salir caro ¿recuerdas muchacho? – Preguntó  Monseñor con una desagradable sonrisa.

–Imposible olvidarlo. Todos los días me pregunto si a lo mejor habría salido más barato venderle mi alma al diablo… ¿Qué es lo que quiere esta vez? – Pregunté sin poder evitar que la repulsión empezara a invadirme. Repulsión por el cura…repulsión por mí mismo.

En otras ocasiones Monseñor me había prestado su invaluable servicio por un repugnante precio. El departamento de mi madre estaba en el décimo piso de un edificio en el que vivía mucha gente. Viudas como mamá, solteros, parejas recién de recién casados…familias. El antiguo prelado había accedido a ayudarme con la condición de que en cada visita, le indicara un departamento diferente en el que hubiese un niño, varón para más señas. Según sus exigencias, pasaría las páginas de mi diario durante quince minutos, tarea que aunque corta lo agotaba visiblemente dada la minucia y precisión requeridas.  También quince minutos,  dedicaría luego a “visitar” al niño elegido, “a solas” de acuerdo a sus términos, es decir, sin mi presencia o la de Carlos.

La primera vez, la idea me pareció inaceptable e inmoral más allá de toda concepción. Pero luego mi sed de memoria empezó a justificarme. Quince minutos era muy poco tiempo y luego de lo exhausto que lucía el anciano tras usar su talento, era muy poco probable que lograra materializarse lo suficiente para siquiera rozar a alguien. Además si el niño gritaba o lloraba muy seguramente sus padres acudirían en su ayuda frustrando cualquier avance del viejo. Terminó de convencerme cuando, en esa primera ocasión, prometió con un guiño que no tocaría al niño aún si sus capacidades se lo permitieran. Luego de la primera visita y tras revisar con recelo al chico, no noté nada anormal. Las siguientes visitas tampoco presentaron ninguna novedad: los niños continuaban riendo, jugando, observando televisión o simplemente durmiendo sin trastorno aparente. Poco a poco me fui tranquilizando y la grotesca exigencia se hizo rutinaria.

No obstante sentía en el fondo que estaba aceptando un trato perverso. Solo Dios sabía qué nauseabunda necesidad podría estar supliendo el anciano con los niños y al exponerlos a  sus potenciales vejaciones, aun cuando fueran etéreas,  era indudable que yo mismo me estaba condenando.

–Esta vez quiero hacerle una visita a tu sobrino– Dijo tajante Monseñor.

Durante muchos años mamá se aferró a la casa donde había vivido con mi padre y en la que nos criamos mi hermana y yo. Esa misma casa que eventualmente abandonamos para hacer nuestras vidas.  La soledad magnificada por una casa grande y vacía, pudo más que la nostalgia y luego de un par de años de nuestra partida, mamá decidió venderla y mudarse a un departamento más pequeño rodeado de vecinos que pudiera saludar cortésmente cuando se los topara en el ascensor.  No obstante su mayor desahogo social estaba constituido por las vacaciones de Daniel, el hijo de mi hermana. Cuando la escuela terminaba, Daniel solía quedarse un par de meses en el departamento, engordando como puerco con cada manjar que le embutía mi madre, escuchando con atención las viejas historias familiares que ella le contaba y pasando horas enteras observando álbumes de fotos descoloridas y sobre todo, embarazosas.

– Está bien. Las mismas reglas aplican– Respondí sin pensarlo demasiado.

La propuesta resultó ultrajante a primera vista, pero como en casos anteriores mi curiosidad y mi falta de conexión con el chico hicieron su parte. La facilidad con la que a veces me alejaba de toda humanidad y decencia me sorprendía y aterraba a la vez. ¿Sería este desprendimiento consecuencia de mi condición fantasmal o había siempre sido un bastardo insensible y egoísta?

Trataba de hallar la respuesta a esta y otras preguntas entre las páginas de mi diario. A lo largo de mis visitas me había enterado de parte de mi historia: mi profesión, mis antecedentes, mis manías, mi historia familiar, el nombre de mis escasos amigos e incluso detalles más banales como las comidas que disfrutaba o los autores que leía.

A través de mi diario me volví a enamorar de Valeria, del momento en que nos conocimos y de los cinco años de ires y venires, risas y lágrimas que describía minuciosamente entre líneas. Es curioso como esa clase de sentimientos puedan surgir hacia alguien que para todos los efectos prácticos no es más que un personaje de ficción. En toda su arrolladora belleza y personalidad Valeria era tan inalcanzable para mí como Julieta o Sherezade. Con una nueva vida, un amante muerto y otro en ciernes, de poco me servía que ella fuese real si no podía hablarle o tocarla.  

Sin embargo esta nueva visita me había revelado un nuevo personaje en la historia. En las cerca de siete páginas que había leído hasta el momento se repetía con persistencia el nombre de IRBY. Más extraño que el nombre en sí mismo, era el hecho de que en las primeras tres o cuatro páginas, este aparecía en la parte superior de una tachadura o escrito sobre manchones de corrector líquido, en un claro intento por ocultar  una palabra específica, palabra que de acuerdo a la sintaxis y organización de las oraciones no podía ser otra cosa que el nombre real de dicho personaje. En las páginas siguientes, se mencionaba a IRBY sin tachones o enmendaduras  pero cuidándose en todo momento de no revelar ningún detalle o descripción que pudiera arrojar luz sobre la identidad de esta persona.

Con la torturante seguridad de haber escuchado ese apelativo en algún lado, en algún momento pero sin poder precisar dónde o cuando, seguí leyendo:

“Agosto 2
Me he topado en un par de ocasiones con IRBY esta semana. Hemos dialogado acerca de nuestro mutuo interés y la charla  fue muy productiva. El proyecto que le propongo llevar a cabo puede traducirse por fin en el éxito que tanto he esperado. Creo que con su ayuda es probable que obtenga alguna notoriedad. La fama no me importa pero escribir con el estómago vacío es un ejercicio complicado.

Valeria y yo tuvimos otra pelea. Mi vacío creativo no contribuye a llenar el vacío en mis bolsillos. El amor y paciencia que siempre le tuvo a mi profesión se agota de a pocos cada vez que llega un aviso de desahucio bajo la puerta. El problema no es el dinero, ella nunca fue materialista. Lo que no soporta es que me quede todo el día en casa cazando musas. Dice que podría estar haciendo otra cosa que me genere una entrada mínima mientras escribo. ¿Cómo qué? ¿Escribir para revistas de tiras cómicas? ¿Dar clases de literatura en una escuela con un montón de monos insufribles? Ni hablar. No sé por qué no puede comprender que necesito de dedicarme de lleno a lo que amo. Ya pronto me llegará el día.

Agosto 6
En definitiva la casualidad de haber conocido a IRBY se muestra cada vez más providencial. Me ha enseñado algunos preliminares y los encuentro muy adecuados. Creo que podemos lograr grandes cosas juntos.

Una vez más Valeria piensa salir en la noche. Me quedaré en casa escribiendo. No es porque esté particularmente inspirado, es solo que no tengo dinero…en realidad es más que eso.  No me gustan sus amigos…no me gusta uno de sus amigos. “El imbécil” es jactancioso e insoportable. No sé cómo lo toleran. ¿Tendrá algo que ver con que es exitoso, apuesto e interesante?

Agosto 10
Anoche trabajé hasta la madrugada con IRBY. Por primera vez, desde que nos conocimos en el evento, nos desviamos un poco del tren de labores y discutimos acerca de cosas más mundanas. Además de contar con gran talento parece ser una persona interesante y amena para charlar pese a las notables diferencias que nos apartan.

Valeria está distante e irascible. Me pregunto si se está empezando a desenamorar solo de mi trabajo o también de mí. Cada vez nos vemos menos, cada vez  llama menos. ¿Por qué no puede comprender que este es un triunfo del que quiero que sea parte? Amo a Valeria pero a veces es tan difícil…

AGOSTO 15
Aprovechando el feriado decidí invitar a IRBY a tomarse unos tragos. Contra todo pronóstico se entendió bastante bien con Valeria. Nos divertimos como hacía mucho no lo hacíamos,  en medio de vino y bromas. Por fin pude ilustrar a Valeria un poco más frente al proyecto y creo que está más tranquila e involucrada ahora. Confía un poco más en que estoy teniendo avances reales. No obstante debo evitar que estas reuniones se den a menudo. Se entendieron demasiado bien y no tengo interés alguno en que mi pseudo-colega me quite a mi novia jaja. Amo a Valeria.

AGOSTO 30
Muy ocupado, sin tiempo para adelantar mucho mi diario. Las cosas con Valeria van mal. ¿Podría mostrarse un poco más interesada? ¿Algo más cariñosa? Amo a Valeria.

SEPTIEMBRE 3
Tuvimos una trifulca por teléfono. Ya ni siquiera discutimos en vivo. Amo a Valeria.

SEPTIEMBRE 13
Valeria sacó su ropa de mi casa. Así tendré menos distracciones en mi proceso creativo. Me digo eso una y otra vez para creer que hay algo positivo en la situación. Amo a Valeria
Pero no cabe duda de que las cosas se ponen difíciles.

Me fui de juerga con IRBY. Me dice que Valeria ya volverá. Una relación de tantos años no se desvanece así como así, me asegura. Bromea con que mientras, debo disfrutar de mi soltería pasajera. Las chicas del antro al que vamos no están nada mal. Mis habilidades sociales de por si pobres se entorpecen más aun con una desconocida sobre las piernas. IRBY se burla a carcajadas con su propia chica en  su regazo. La música estaba muy alta y no pudimos hablar mucho pero por lo menos me distraje un poco. Es agradable pasar tiempo con IRBY.

SEPTIEMBRE 27
Dos semanas de trabajo continuo en casa de IRBY. No hemos avanzado mucho. Nos distraemos. Amo a Valeria. La extraño. A veces hablamos.

OCTUBRE 6
Un excelente día con IRBY. Decidimos dejar un poco el trabajo de lado y fuimos a divertirnos un rato. Le he tomado bastante aprecio. Su compañía ha sido invaluable en estos días de depresión. Valeria y yo hemos vuelto a vernos. Está radiante. Se preocupa por mí, me dice que me ve delgado y enfermizo. Hablamos de nosotros. Quiero creer que aún hay esperanza. Amo a Valeria.

OCTUBRE 17
Pésimo cumpleaños. Solo y sin dinero. Valeria me hizo una llamada corta y formal para felicitarme. IRBY apareció en la noche y me trajo un pequeño panqué con una vela en el centro y un par de botellas de vino barato. Nos embriagamos. No puede imaginar cuanto le agradezco. Me hizo el día menos miserable. A veces no sé qué sería de mí sin su oportuna compañía. Amo a Valeria…pero ¿Valeria aún me amará?

OCTUBRE 26
Amo a Valeria. ¿Si tanto la amo por qué lo hice? Ahora sé que no hay marcha atrás y soy una maraña de sentimientos encontrados. Nunca la recuperaré después de esto si llega a enterarse. Se me ocurren mil excusas para ofrecer a cualquiera que me pregunte, pero en mi interior sé que es todo mi culpa el haber….

La página terminaba con esa última palabra. Frustrado, me fue imposible seguir leyendo. Increíble como la simple habilidad de pasar una hoja me separaba de una revelación que percibía como vital.  Estaba considerando ir  en busca de Monseñor para tratar de convencerlo de que diera vuelta por lo menos a una última página cuando la luz se filtró bajo la puerta y el murmullo de dos voces que conversaban alegremente me alcanzó.

–Una vez más le agradezco que me permita revisarlo Doña Martha, usted como siempre tan bella – dijo con una sonrisa cansada Valeria.  

–Esas son bobadas mamita, nosotras somos casi familia. Además estoy segura que a Dieguito le hubiese gustado que usted lo tuviera. Por lo menos me alegra saber que no soy la única prendida de estos papeles y que alguien más los aprecia– Respondió mamá caminando de gancho con ella.

Rebuscando entre los bolsillos de su delantal, sacó un manojo de llaves y tras seleccionar la indicada abrió la puerta de par en par.

–De caridad le agradezco que entre usted a buscarlo, ese polvero me mata y ya a esta edad me toca cuidarme– Rogó mamá con una sonrisa.

Valeria ingresó y haló de la cadenilla para encender la bombilla. La visión del cajón y el diario abiertos en medio de un cuarto que llevaba tan largo tiempo cerrado bajo llave, la perturbó visiblemente. Pareció leer someramente el pasaje expuesto y algo en definitiva captó su atención. Tomó el libro entre sus manos y lo acercó a la luz para ver mejor. Dobló la página y tras una fracción de segundo su rostro se puso lívido.

– ¿Si lo encontró mijita? – inquirió mi madre desde fuera

Cerrando el libro antes de que pudiese ver nada, lo guardó en su bolso y salió a toda prisa.

– Muchas gracias Doña Martha, yo se lo devuelvo cuando lo desocupe, me encantó verla– Dijo Valeria besando apresuradamente la mejilla de mi madre y dirigiéndose hacia la puerta a medio correr.

– ¿Qué le pasó mamita? ¿Por qué está tan pálida? ¿Se siente mal? ¿Le provoca que le haga una agüita de algo? – Inquirió mamá entre sorprendida y preocupada.

Valeria descartó sus atenciones cortésmente y sin detenerse salió del departamento.

Abatido y confuso solo atiné a ir a buscar a Carlos y a Monseñor para que me sacaran de ese sitio. De ser posible y si contaba con su colaboración, iría hasta la casa de Valeria para descubrir que sucedía. A Carlos lo encontré merodeando por los pasillos del edificio. A Monseñor lo encontré en el cuarto de Daniel. Sin embargo, por primera vez había incumplido su promesa. Esta vez, lo estaba tocando. 

miércoles, 1 de mayo de 2013

SUICIDIO S.A. , CAPITULO 5, ASILO





CAPITULO 5

ASILO

No hay castigo más severo que el olvido. Igual que un ciego que vaga a tientas por un laberinto, tropezándose con cada resquicio, la idea daba tumbos en mi mente una y otra vez.  No hay castigo más severo que el olvido, me repetía mientras flotaba en el éter de la subconsciencia. Una negrura espesa, palpable,  lo invadía todo  sin prisa, como tinta que enturbia perezosamente el agua.

Amparado en mis visiones del abismo, hubiese esperado lamentos, gemidos y arrepentimientos mezclados en  una cacofonía de condenación. Muy a mi pesar, solo el silencio  profundo y melancólico me acompañó durante lo que parecía un eterno descenso. Humano después de todo, anhelaba cuando menos el mezquino consuelo de saber que otros sufrían el mismo tormento.

De repente me detuve y mis pies descalzos sintieron el tacto de un fondo acuoso y frío  El brillo intenso de algo sobre mi cabeza captó mi atención y entonces vi como una lágrima de plata  empezó a precipitarse desde una altura infinita, como una estrella que se desprende casualmente de la bóveda celeste.El diminuto punto de luz cayó justo frente a mí, causando un estruendo  imposiblemente ensordecedor. De inmediato,  ondas plateadas empezaron a propagarse hasta donde la vista alcanzaba, su resplandor describiendo círculos perfectos en el pando pero inacabable océano de lobreguez que me rodeaba. Durante un breve momento tuve el placer de maravillarme ante la dicotomía de luz y oscuridad que se extendía en toda dirección pero entonces el miedo aferró su garra firme alrededor de mi garganta.

El OLVIDO emergió lentamente desde el punto exacto donde hacía unos momentos  cayera la extraña luz líquida. Encorvado como un anciano deforme, su cabeza apuntaba al piso mientras se retorcía grotescamente entre estertores repentinos. Durante su lento ascenso, la negra emulsión chorreaba sobre su figura dibujando los pliegues de su túnica  y su capucha hasta hacerse sólida. Pesadas hombreras de obsidiana veteadas de blanco resplandeciente, unidas entre sí por una fina cadena del mismo color y coronadas en sus contornos con lo que parecían plumas de cuervo, reflejaban mi rostro dislocado por el terror. Una vez materializada toda su indumentaria, la criatura se irguió por completo, alcanzando en su extrema delgadez cuando menos dos cabezas por encima de la mía.

Sin poderlo evitar levanté la vista para ver su rostro por segunda vez. Una máscara lacada de blanco hueso se alojaba sobre su cara. Los pómulos rellenos y la rosada y diminuta boca, fruncida en una expresión indescifrable  pero inquietante me recordaba a las muñecas antiguas con que jugaba mamá de niña y que siempre encontré siniestras. Una grieta se extendía desde el costado derecho de su frente, pasando por las cuencas de sus ojos hasta llegar a la punta de su regordeta nariz.

Lo peor de esa siniestra faz de bebé eran sus ojos. Dos pozos de oscuridad viva me observaban implacables. Me recordaban mis pecados. Me enloquecían con la idea de que acaso lo que había tras la máscara era mucho más vil y que la coraza externa de la criatura, espantosa a pesar de todo, fuera una misericordiosa forma de librarme de un horror más allá de toda comprensión. Concebía la grieta como una advertencia silenciosa de que lo más terrible aún estaba por llegar.      

Por un momento la criatura pareció satisfecha con solo contemplarme, extasiada con mi pánico, pero luego escuché el clamor característico del metal que se arrastra y entonces incontables cadenas salieron de cada doblez de su ropaje y se enroscaron en mi, inmovilizándome por completo en su helado abrazo.  Sentí como los eslabones se tensaban a mi alrededor y caí de bruces mientras el monstruo me halaba, hundiéndose de nuevo por donde había aparecido. Enloquecido,forcejeé con mis ataduras como mejor pude, chapoteando y rasguñando.  Todo esfuerzo fue inútil.  Desfallecí, resignándome a mi destino,convencido de que muy seguramente la bestia me arrastraba hacía mi lugar final de tormento. Cerré los ojos y aguardé.

Una eternidad transcurrió mientras reuní el valor suficiente para mirar. Acurrucado en una esquina pude contemplar un sitio que conocía muy bien. El papel tapiz amarillento y gastado que otrora presentara coloridos motivos florares se desprendía aquí y allá dejando ver los muros grises que envolvía. Largas cortinas marrón pajizo cubrían las ventanas - enmalladas y tapiadas a lo largo de los años- en un vano intento por disimular lo claustrofóbico del ambiente. La alfombra raída y cubierta de manchas hacía poco por silenciar el crujir de la madera que producían lentísimos transeúntes que deambulaban arrastrando pesadamente su humanidad en medio del calor que los escasos ventiladores del techo no lograban ahuyentar con su monótono siseo. Entre mesas de bridge, partidas de ajedrez, sillas mecedoras y un televisor que por estar empotrado en una jaula metálica parecía estar sintonizado eternamente en el mismo canal, los huéspedes trataban de hacer menos largas sus últimas horas. Sin duda estaba en “El recuerdo”. El asilo de ancianos.

Dirigí la vista con lentitud hacia la pared de enfrente, deteniéndome deliberadamente en los cuadros baratos que trataban de ornamentarla, como si tardándome un poco el resultado de mi inspección fuera a ser distinto. El calendario confirmó lo que ya sospechaba. 17 de Octubre. El mismo día en que vinimos por tercera vez al asilo. La segunda vez que entramos al cuarto de juegos. La primera vez que conocimos EL OLVIDO.   La última vez que tratamos de evitar que alguien se suicidara.

Los fantasmas no tienen demasiado uso para el tiempo. Si bien tenemos una idea aproximada de los años que transcurren, las fechas exactas se nos escapan entre el desinterés y la rutina. Ese día sin embargo, lo recuerdo perfectamente porque casualmente coincidía con la fecha de mi cumpleaños. Cuando mi talento me anunció que alguien intentaría suicidarse,bromeé con que era apenas adecuado obsequiar un año de vida a alguien más, ya que yo no lo iba a utilizar.

El enfermero, un hombre alto, joven y robusto que evidentemente no disfrutaba su empleo en lo más mínimo,  hizo su última ronda por el sitio recogiendo vasos desechables, buscando aparatos auriculares perdidos  y refunfuñando con cualquiera lo suficientemente osado para dirigirle la palabra.  Luego les recordó a gritos que la recreación terminaría en una hora y sin más protocolo abandonó el cuarto dando un portazo.

Observé al anciano de la gorra mientras miraba conspicuamente a lado y lado, jugueteando ausente con el vaso de sus medicinas entre las manos. Cuando se sintió lo suficientemente ignorado,rebuscó entre el bolsillo de su chaqueta verde a cuadros.

En ese instante atravesamos la pared, el buen humor y la banalidad de sabernos embarcados en una misión piadosa evidente en nuestras expresiones.  

– ¿Otra vez este maldito Viejo? Deberíamos dejar que se muera de una vez por todas –Protestó Carlos al divisar al anciano.

– ¿Y quién lo va a tolerar cuando se una al club? ¿Tu Carlitos? Suficiente tenemos con un vejestorio amargado en el grupo– Replicó Carla mirando ambiguamente hacia Doña Adela y Monseñor a la vez.
–¡A mí me respeta mocosa o si no…! – inició monseñor dándose por aludido al primero.

Todos nos miramos y prorrumpimos en risas a medio contener. El antiguo sacerdote al caer en cuenta de su error guardó silencio no sin sonreír un poco el mismo.

– Bueno señores, demasiada charla. A lo que vinimos y esperemos que la tercera sea la vencida –  Escuché decir a una versión más inocente  y mas “joven” de mi mismo.

Al parecer era la tercera vez que el anciano de la gorra trataría de suicidarse. La primera vez que me sentí atraído hacía el asilo, el viejo había intentado  ahogarse en una tina de baño. Se sumergió desnudo bajo el agua y puso todo su empeño en hundirse. En esa ocasión monseñor  lanzó una porcelana decorativa contra la repisa metálica del baño. El estruendo resultante alertó al enfermero, que tuvo que forzar la puerta par apoder entrar y sacar al abuelo en el último momento. Vitoreamos como escolares y nos felicitamos mutuamente para luego emprender regreso a  “La Antorcha”.

No obstante“el accidente” no causó gracia al enfermero, que secretamente le suspendió sus raciones de comida por tres días. Sin embargo, ciego ante la realidad del asunto, achacó el acontecimiento a la decrepitud e inutilidad propia de la vejez que a diario veía y tanto le repugnaba, por lo que no tomó ninguna precaución para evitar un nuevo incidente. De haberlo sospechado seguramente habría tratado de evitarlo. No debido a ningún asomo de piedad o humanidad claro. Era solo que cada vez que uno de los carcamales se moría en su turno la cantidad de papeleo que debía hacer era ridícula.

En la siguiente ocasión Don Próspero – que irónicamente se llamaba así– consiguió cambiar su coctel diario de medicamentos con los de una vecina que dormía a pierna suelta en el sofá contiguo. Supusimos que alguna medicina contenía algún componente al que era alérgico o hipersensible, en realidad nunca lo supimos con certeza, pero al conocer sus intenciones de antemano, no dudamos en hacer que monseñor manoteara el recipiente que las contenía en el momento mismo en que estaba a punto de ingerirlas.

Media docena de pastillas, cápsulas y grajeas rebotaron como canicas por el piso y fueron a perderse bajo las inalcanzables rendijas de un reloj abuelo tallado en roble, ubicado justo al lado de la puerta de entrada del cuarto. Lo hubiésemos celebrado como una nueva victoria,  pero esta vez nos quedamos el tiempo suficiente para ver al anciano a cuatro patas buscando infructuosamente bajo el reloj, al límite de sus escasas fuerzas, tratando porfiadamente de introducir sus dedos endebles en el diminuto espacio entre el piso y la madera.  Luego de un rato de forcejeo y sin que nadie se dignara siquiera a mirarlo, el viejo estalló en un desgarrador llanto de impotencia y siguió sollozando pausadamente hasta quedarse dormido, sentado en el piso, recostado contra el reloj.

Al abrir la puerta, el enfermero lo divisó de inmediato y encolerizado lo sacudió violentamente para despertarlo, reprendiéndolo por retrasar la salida de los demás ancianos luego del periodo de “recreación”. Probablemente le quitó sus raciones de comida por otros tres días. Aquella vez nadie festejó. 

Max señaló al hombre, tirando de mi brazo para llamar mi atención. De su bolsillo, fue sacando lentamente un destornillador  de mango negro y azul con salpicaduras de óxido sobre la hoja.

– ¿Y ahora qué? ¿Se va a cortar las venas con eso? Se va tardar años el viejo imbécil –Rezongó Carlos nuevamente.

El anciano se levantó y empezó a dirigirse fatigosamente hacia el reloj. Entonces comprendí sus intenciones.
– Es un viejo Zorro. Lo que desea es mover el reloj para sacar las píldoras– dije con una sonrisa incierta.

Tal como los cuadros, las mesas, el televisor y otros muebles de la sala de juegos, el reloj se encontraba atornillado a la pared para evitar accidentes con los internos. Con parsimonia el anciano empezó a desatornillar las herrumbrosas tuercas metal que unían el masivo reloj con el muro.  

– ¿Y qué hago ahora? ¿Le arrebato el destornillador 30 veces hasta que se canse de levantarlo? – Consultó monseñor en tono mordaz.

Durante un largo tiempo nos miramos perplejos, sin ideas.

Don Próspero había retirado la mayor parte de los tornillos para cuando me decidí a hablarle a Doña Adela.

–Doña Adela no tenemos más alternativa. Va a tener que entrar en el cuerpo de este señor,alejarlo del reloj y luego hacer que arroje ese destornillador a la basura, al patio…no se…donde sea…pero lejos de aquí–

–No joven Carrillo, no me pida eso, usted sabe que a mí no me gustan esas cosas, alma bendita– Respondió angustiada la mucama

–El alma bendita de este señor es lo que se va a perder si usted se pone con sus remilgos. Usted es la única que lo puede ayudar en estos momentos–

Su mirada se paseó por los rostros de todos y regresó a mí. Haciendo acopio de todo el valor que pudo juntar y susurrando oraciones incomprensibles se dispuso a realizar su labor, acercándose por la espalda del anciano, que forcejeaba ya con el último tornillo.

Lo que sucedió fue muy similar a lo ocurrido cuando la mujer había invadido el cuerpo del Imbécil. Fue también en el preciso instante en que la piel del sujeto hizo contacto con la esencia etérea de la mujer que su cabeza se echó hacia atrás y su humanidad se puso rígida, igualmente sus pupilas se dilataron y su boca se entreabrió emitiendo quejidos. Del mismo modo la mujer se deshizo en un tipo de gas espectral   grisáceo que entró por la nariz y boca del viejo. Pero allí se acabaron las similitudes. A partir de ese instante todo el infierno se desató.
Presa del espasmo característico de los talentos invasivos de la mujer, el cuerpo de Don Próspero dio una sacudida violenta.El destornillador, alojado entre la pared y el reloj, dio un tirón violento en manos del anciano, ejerciendo una fuerza de palanca involuntaria.

La madera podrida por años de abandono, humedad y suciedad cedió con un crujir lastimero que invadió toda la  sala. El enorme reloj se tambaleó indeciso y luego se precipitó sobre el cuerpo del anciano.  El cristal que resguardaba el péndulo chocó violentamente contra su frente rompiéndose al instante y haciendo manar sangre a borbotones.  El chasquido de sus frágiles huesos rompiéndose entre la presión del piso y la pesada caja de roble eclipsó todo otro sonido, incluso el de sus propios gritos desesperados. Una pierna se asomaba fuera de la ruina astillada que era ahora el reloj, doblada en un ángulo dolorosamente imposible, mientras el anciano se ahogaba en una mezcla viscosa de su propia sangre, saliva  y vomito.

Un interminable grito psíquico retumbó en nuestras mentes, postrándonos de rodillas  y solo en ese instante recordé que doña Adela estaba dentro del cuerpo del viejo cuando todo pasó. Probable era pues que hubiese sentido cada momento de insoportable dolor como suyo propio, esto magnificado mil veces en una esencia desligada de toda sensación física por años y años. El espíritu de la pobre mujer se arrastró fuera del cuerpo roto de Don próspero en medio de una insoportable agonía.

Todo fue confusión. Los demás ancianos aparentemente inmutables hasta entonces empezaron a gritar, a sollozar y aullar entre rezos y maldiciones. Algunos trataron de ayudar al pobre viejo que yacía entre los escombros. Otros solo se limitaron a tratar de salir del cuarto de juegos, sin contar que entre el cuerpo retorcido y el reloj despedazado, la única puerta de acceso había quedado bloqueada.

Pero lo peor estaba aún por llegar. Desde mi esquina traté inútilmente de apartar la mirada pues sabía con terrible certeza lo que ocurriría a continuación. Desde el centro del cuarto y ante la vista de todos emergió EL OLVIDO,  chapoteando entre su masa viscosa de oscuridad.

Es curioso que tiempo después, cuando inevitablemente intercambiamos impresiones al respecto, cada uno dio una descripción diferente de la pesadilla personificada que nos había acechado aquel día. Doña Adela vio a la típica parca con su túnica, su hoz y su rostro cadavérico, Monseñor describió un diablo estándar con cuernos, pezuñas y cola,Carlos  relató visiones de un tipo tenebroso vestido como un guardia carcelario y Carla dice haber sido aterrorizada por un sujeto encapuchado con un arma automática y uniforme camuflado. Solo puedo suponer que Max vio la encarnación más vívida del hombre del saco que pueda imaginar.  Sabrá Dios que habrán visto todos los demás ancianos.

En lo único que coincidimos fue en el terror absoluto  que experimentamos cuando EL OLVIDO empezó a acercarse al cuerpo del hombre tumbado en el piso,que a pesar de estar ya casi sin aliento, gritaba hasta desgañitarse ante la macabra visión. El monstruo me miró a través de su resquebrajada máscara de bebé y en la insondable oscuridad de sus ojos de noche eterna, comprendí lo que habíamos hecho.

Habíamos interferido con la voluntad del hombre, tal vez el único regalo valioso que Dios haya podido dejarnos. Habíamos arrebatado a la muerte su cuota a costa del libre albedrío de unos pobres desgraciados. No una, ni dos sino muchas veces. Por sus ojos de infinita negrura vi pasar  a la mujer que Carla engañó manifestándose como un ángel para evitar que se suicidara. Vi al hombre cuya arma arrojó por la ventana Monseñor para que no se disparara en la sien. Reconocí a la pareja de adolescentes que vio interrumpido su pacto suicida porque “alguien” rompió el vidrio de la ventana del cuarto del chico y entonces su padre entró preocupado a observar.  Todos y cada uno de los que habíamos“ayudado”. Todos y cada uno de nuestros pecados pasaron por sus ojos en esos momentos. Entonces comprendí que esto era una advertencia. EL OLVIDO nos daría una dura lección para que desistiéramos de nuestra ridícula tarea.

“No hay castigo más severo que el olvido” susurró una voz rasposa en mi cabeza.

Como sucedería luego  conmigo, en aquella ocasión decenas de cadenas rematadas con  hojas afiladas y curveadas en la punta a manera de hoz, salieron despedidas de los dobleces de su toga en toda dirección, hendiendo su frío filo en la carne decrépita de todo ser viviente que ocupara el cuarto . Las navajas desgarraron vientres e hicieron jirones la piel. Sosteniendo incrédulos sus propias entrañas todos chillaron en un crescendo de desesperación mientras se arrastraban y retorcían pintando de vivo carmesí  el pálido cuarto.

El ruido era tan caótico y omnipresente que cuando el silencio llegó de repente, se sintió como un golpe violento que dejó a todos absortos. EL OLVIDO había desaparecido arrastrando sus cadenas devuelta a cualquier averno que lo hubiese escupido. Confundidos, los ancianos pasaron sus manos recelosamente por sus pechos, por sus ropas, buscando alguna señal de violencia o lesión. No encontraron seña alguna.

La alfombra seguía tan raída, los tapices tan desgastados. La sangre y las tripas no obstante se habían esfumado. Solo Don Próspero seguía igual de muerto, aplastado por el peso del tiempo. El desconcierto duró poco y tras unos minutos de inspección los primeros internos empezaron a dirigirse a la puerta. El forcejeo de alguien que trataba de girar el picaporte del otro lado al tiempo que maldecía por lo bajo, anunció la llegada inequívoca del enfermero. Algunos ancianos suspiraron con tranquilidad  y vociferaron pidiendo ayuda y atención.

Algunos segundos transcurrieron , el picaporte dejó de moverse y la voz se acalló. Expectantes los viejos se miraron unos a otros. Tan confundido como los ancianos, no vacilé en atravesar la pared para echar un vistazo. 

El enfermero, tenía la mirada fija en el picaporte, con una expresión de estúpido asombro en su rostro, como si hubiese olvidado para que servía. El ritmo monótono de una canción techno lo sacó de su ensimismamiento.
– Aló, ¿sí? …ah hola, ¿cómo estás? Claro… si…lo conozco…suena bastante bien de hecho. Hmmm creo que sí, salgo ya para allá. ¿Qué cosa? … jejej si…no se creo que me confundí de día, pensé que tenía turno ahora pero no, ya voy de salida. Perfecto…nos vemos en media hora. Bye, besitos. –  Concluyó el enfermero mientras colgaba su teléfono celular, alejándose silbando por el pasillo sin mirar atrás una sola vez.

La sorpresa inicial se convirtió en horror y pronto una horda de ancianos se volcó sobre el único punto de acceso golpeando, arañando y dando voces de auxilio. La puerta no se movió un ápice.

Durante unas horas pensamos que solo se trataba de otro de los inhumanos castigos del enfermero  y que tarde o temprano tendría que volver a llevarlos a todos a sus cuartos. Pero cuando la noche helada cayó y los ancianos comenzaron a acunarse entre manteles y  cortinas para tratar de ahuyentar el inclemente frío  supimos que algo mas grande estaba sucediendo.

Esperamos a que el último se durmiera para tratar de forzar la puerta nosotros mismos con la ayuda de Monseñor, pero lesta seguía inamovible.  Al día siguiente Carla se manifestó como un anciano gritón en la recepción. Infortunadamente no había nadie para presenciar su impresionante despliegue. Parecía que todo el personal hubiese decidido tomarse unas vacaciones a la vez.

Solo bastó una mañana para que el cuarto empezara a convertirse en una fosa séptica, llena de heces, moscas y el olor intolerable de la carne en descomposición, cortesía de Don Próspero.

El segundo día los ancianos dejaron de pedir auxilio y forcejear con las ventanas tapiadas luego de que Doña Ligia se hiciera un corte profundo en la mano al rasgarse con la malla metálica que las cubría.

El cuarto día Doña Ligia falleció luego de una prolongada y dolorosa agonía, su herida purulenta aportando un nuevo ingrediente al coctel de olores nauseabundos que todo lo invadía.  

El quinto día los que aún tenían dientes o cualquier instrumento corto punzante improvisado saciaron su hambre con los pocos jirones de carne putrefacta que sea trevieron a  arrancar de los cadáveres entre arcadas y lagrimeos.

El sexto día Don Horacio encontró  entre los escombros del reloj un destornillador  de mango negro y azul con salpicaduras de óxido sobre la hoja y mirando con celo a Don Pascual, decidió que era hora de comer carne fresca.

El séptimo día Don Pascual murió por intoxicación luego de ingerir cantidades absurdas de carne descompuesta, en su mayoría extraída del costado de Don Horacio con un destornillador  de mango negro y azul con salpicaduras de óxido y sangre  sobre la hoja.

Durante toda la semana quebramos los vidrios de la entrada principal del asilo. Contra toda precaución manifestamos diferentes personajes desde tenebrosos hasta suplicantes, justo frente a la calle pero ningún transeúnte pareció reparar en ellos.  Incluso Doña Adela se apropió a regañadientes del cuerpo de un policía, hizo que ingresara en el asilo, lo llevó a través del pasillo del fondo y lo dejó justo en frente de la puerta del salón de juegos.  Al salir de su trance,el hombre solo sacudió su cabeza confundido y se alejó del sitio volviendo a suronda habitual.

El octavodía una mesa tumbada se removió y Doña Lina – la última sobreviviente de un grupo de veinte ancianos– salió a gatas. Luego de estarse pudriendo en vida durante una semana de pesadilla,  una luz de esperanza surgió de entre el estercolero sangriento que había sido su morada en los últimos días.  El murmullo de varias voces se hizo más  perceptible conforme se acercaba a la puerta.

Pasamos a través de la carcasa descompuesta de lo que antes fuera Don Próspero y en momentos estuvimos del otro lado. Tres hombres en overoles azules, con cascos de construcción y herramientas terciadas al cinto discutían animadamente.

–¡Listo! Último cuarto…verificación completa, edificio deshabitado podemos proceder– Anunció el primero con alegría

– Pfff,verificación inútil diría yo , esta casucha ha estado vacía por años, ¿no vieron los vidrios rotos y los cuartos abandonados?,  perdemos el tiempo con estas revisiones,tenemos otras dos demoliciones que hacer hoy– Protestó el segundo.

– Que… ¿acaso quiere pagar por algún vago degenerado que use estas ruinas para drogarse? Solo falta que matemos a algún desgraciado de esos por accidente y ahí si fijo lea parece familia, doliente y abogado. Es mejor curarse en salud–  Respondió el último.

Con impotencia vimos como metódicamente instalaron las últimas cargas  para luego evacuar el complejo. Doña Lina que por desgracia aún contaba con suficiente oído y cordura para comprender lo que estaba a punto de pasar se postró en el piso  y empezó a rezar. Doña Adela hizo lo propio. Carlos, Monseñor y Carla abandonaron el cuarto, incapaces de presenciar la escena. Max se apretó temeroso contra mí.  

El estruendo retumbó por cada lugar del asilo durante los escasos instantes en que aún tuvo paredes. Luego el mundo se desplomó sobre nosotros y lo único que quedó de “El Recuerdo” fue una nube de polvo. Incluso eso se disipó momentos después.

Acurrucado en la ahora inexistente esquina de donde no me había movido desde el inicio dela visión, divisé como nos tomábamos de la mano, cabizbajos y derrotados y por gracia de Carlos desaparecíamos, como ya sabía, de regreso a “La Antorcha”.   

El vívido recuerdo se fue desvaneciendo poco a poco y me hallé de pronto en la misma negrura acuosa a la que me enfrentara en un principio. Emergiendo de nuevo desde el piso ,observé inmóvil como EL OLVIDO se acercaba de nueva cuenta a mí, una de sus cadenas terminadas en hoz oscilando adelante y atrás con suavidad.
La certeza de mi castigo me aterrorizó. Horrible como fue, el episodio del asilo había constituido solo una advertencia, una tortura indecible sufrida por otros  y presenciada por nosotros para amedrentarnos y evitar que interfiriéramos en  asuntos de la vida y la muerte más allá de nuestra competencia.  

Esta vez la pena la sufriría yo, sin saber con seguridad por que , pero con la firme sospecha de que habernos inmiscuido en el asunto de Don Orlando y su hija K…Kiara,había de alguna manera obstruido el normal desarrollo de los eventos del destino.

La cadena empezó a oscilar más rápidamente, ululando amenazadoramente con cada círculo descrito.Solo atiné a cerrar los ojos. Sentí un golpe seco que hizo vibrar mi cráneo y el dolor insoportable del metal frío atravesando mi cerebro.  

“No hay castigo más severo que el olvido”,una voz familiar susurró por última vez en mi mente.

                                                              ******
Cuando desperté la escena que me rodeaba era más que familiar. Don Orlando seguía postrado de rodillas observando la foto del antiguo cumpleaños de K, desconsolado.  Doña Adela se removía adolorida pero consciente, tumbada contra la pared. Los guardias de seguridad sostenían el cuerpo desgonzado del Imbécil. Max se abrazaba a mi pierna con los ojos cerrados,asustado.

K  sacudió mi hombro mientras me miraba llena de extrañeza.

– ¿Por qué estás llorando?...los… ¿los fantasmas… pueden llorar? –

Sentí como las lagrimas empañaban  mi visión y se deslizaban por mis mejillas.

–Creo…creo que olvidé algo importante– respondí. 


jueves, 1 de noviembre de 2012

SUICIDIO S.A. , CAPITULO 4: SUSURROS DEL PASADO






APITULO 4
SUSURROS DEL PASADO

Nadie mejor  que quienes guardamos  secretos oscuros para reconocer a aquellos agobiados por el mismo peso abrumador de las palabras no dichas y las medias verdades. ¿Que más adecuado que un puñado de suicidas desdichados para reconocer la desesperación de alguien tan poco apegado a la vida y tan corroído por la culpa como Don Orlando?

Tiempo después revisitaría esta conversación una y otra vez renegando por lo ciego que había sido y todo el daño que pudo haberse evitado de haber notado estos y otros detalles sutiles oportunamente.  En ese momento sin embargo, solo me concentraba en el crujir del piso de madera que anunciaba los pasos tambaleantes de Doña Adela en el despacho del administrador de  “La Antorcha”.

Los muros caoba de la habitación, escasamente visibles en algunas esquinas se encontraban virtualmente tapizados con lienzos enmarcados, impecablemente organizados por fecha de creación. Todos trabajos de K por supuesto. Una alfombra raída se extendía por la mitad del cuarto dirigiendo la mirada del visitante hacia dos sillas apostadas frente al escritorio de roble sobre el que se desparramaban facturas, contratos y otros documentos. Una rugosa botella de whisky a medio acabar dibujaba un cuadrado húmedo sobre una revista vieja. Apoltronado en su mullido asiento, Don Orlando observaba un retrato en su mano izquierda mientras sostenía tembloroso un vaso de vidrio en la derecha. Apenas consciente de la presencia de Doña Adela,  el hombre murmuraba incomprensiblemente sin apartar la vista de la fotografía. Haciendo un ademán incierto con la cabeza, ofreció un asiento a quien él pensaba era El Imbécil.

Ansiosamente, puso el retrato boca abajo en su escritorio y le obsequió con una esforzada sonrisa. Su rostro enrojecido evidenciaba los efectos del alcohol.

–  Joven David como me le va. Un placer verlo… ¿que lo trae de vuelta por acá tan pronto? , ¿No me dirá que me consiguió otra pieza?… ¡le advierto que me va a tener que hacer un descuento! Lo estoy enriqueciendo mi estimado amigo–  Bromeó con poco convencimiento  el hombre.

–  No,  no señor…vengo por otra cosita, a molestarlo con unas pregunticas si no es mucho abuso– Respondió cortés la mujer.

Entrelazando sus manos Don Orlando se reclinó contra su escritorio y lo observó de reojo.

– ¿Y qué le pasó a su acento? No me dirá que resultó ser uno de tantos fantoches locales que se busca un nombre haciéndose pasar por extranjero. Eso sí que sería una pena…yo lo tenía en mi más alta estima como un proveedor de fiar – Dijo burlonamente.

Era cierto. La voz del imbécil sonaba diferente. Si bien conservaba rasgos propios de su género, el encantador acento francés se había perdido por completo. Por si fuera poco, las pintorescas expresiones utilizadas por la inocente mucama lo habían reducido a la más criolla de las cadencias locales.  

– No señor usted sabe, cuando uno le pega al traguito la cosa cambia…– Rió nerviosamente Doña Adela con evidente desespero.

El administrador dudó por unos momentos.  –Parece que no soy yo el único que se puso licencioso esta noche, ¿Verdad? jaja, bueno…usted me dirá en que le puedo ayudar joven.

Doña Adela empezó a pasearse por la habitación distraídamente, recorriendo los marcos de los cuadros con sus dedos como lo habíamos ensayado.

– Don Orlando, me he estado preguntando… ¿cuál es su interés en esta artista? ¿Por qué el afán de reunir todos sus cuadros de manera tan completa? –  Preguntó Doña Adela de memoria.

El repentino cambio de discurso pareció tomar al hombre por sorpresa.

–  Bueno eh… pues es una artista nueva…me parece talentosa. Quisiera apoyarla para que salga adelante usted sabe–

K me miró sacudiendo lentamente la cabeza. No era necesario tener dones de ultratumba para notar que el hombre estaba mintiendo.

–  Ah sí señor claro…pero lo que yo veo es que tiene puros cuadros de la niña Kat…K , yo se que a usted le gusta mucho la pintura por eso se me hace raro que no tenga colgadas cosas bonitas de ningún otro pintor– Improvisó ágilmente la mujer de vuelta a su jerga rudimentaria.

 – Bueno no sé, solo quiero apoyar lo nuevo… además lo realmente valioso lo almaceno en el estudio privado de atrás – Respondió el hombre airadamente señalando con su pulgar una puerta  sin picaporte, invisible hasta el momento por estar completamente mimetizada por el color de la pared del fondo.

K me miró confundida. Por primera vez en todo este tiempo vi como se esforzaba por analizar a alguien sin resultado alguno. Luego de unos minutos de  pugna negó con la cabeza, agotada.

–No se…no logro descifrarlo. Algo me dice que es mentira…pero también cierto. No puedo distinguir–  Concluyó incierta K.

–Además no se de cuando acá tanto interés. Me he mostrado flexible con su insistente secretismo respecto a cómo consigue las obras. Me limito a pagarle y hasta el momento eso le bastaba. ¿Por qué estas preguntas ahora? – Espetó Don Orlando cada vez más incómodo.

Entre tanto y sin perder detalle de la conversación, me fui acercando poco a poco a la puerta del fondo. Si el talento de K no había podido arrojar luz sobre la afirmación acerca del estudio privado, seguramente esa habilidad que nos era común a todos si lo haría. Simplemente atravesaría la pared y echaría un vistazo a lo que estaba del otro lado.

–  Pues es que no se si comentarle Don Orlando…la cosa es que encontramos una cartica que dejó la niña– Dijo Doña Adela fingiendo desinterés.

El semblante del administrador cambió de inmediato. Levantándose de la  silla, se aproximó a Doña Adela. – Le advierto que en este momento no tengo todo el dinero, la compra mas reciente me dejó ilíquido. Pero le suplico que me dé un plazo, le puedo hacer un anticipo, por favor, es una pieza que me interesa mucho– suplicó exaltado, el vaho de alcohol llenando el sensible olfato de la mujer.

– Don Orlando no me malinterprete, esta vez no se trata de plata. Lo que pasa es que es un documento muy personal usted sabe y yo no quisiera que quedara en manos de cualquiera…en lo posible si puede hacérselo llegar después a la familia o amigos,  yo no sé si usted de pronto los conozca. Por eso tanta preguntadera dispénseme– Confesó la mujer.

El hombre rezongó. Luego su rostro adquirió una apariencia resignada y algo más afable.

–Con que resultó humanitario el francesito ¿eh? Quién lo hubiese creído…yo que pensé que solo le importaba el dinero. Parece que voy a tener que mejorar mi opinión de usted joven.

Que le puedo decir…tengo motivos personales. Fui cercano a la familia de la artista. La verdad es que no tuvo una vida fácil. A pesar de su talento su madre nunca aprobó su vocación. No consideraba la pintura una profesión decente ni rentable. Con los años se fue convirtiendo en una vergüenza familiar y cuando le preguntaban por lo que hacía su hija siempre inventaba historias. Dios sabe que la adoraba, es solo que…usted sabe joven, era de esas personas que les cuesta demostrar sus sentimientos, educada a la antigua y endurecida por los años y la vida, sin tiempo ni espíritu para sentimentalismos. Solo su padre la apoyaba…pero tal vez muy poco, muy tarde…y todo en secreto y a la sombra de su madre. Nunca tuvo el valor para defenderla como debía.

Su madre murió de un infarto el día en que le anunció que ingresaría a la escuela de artes, cuando ella apenas era una adolescente. Hasta su último aliento se opuso a que persiguiera sus sueños. Creo que secretamente ella nunca se lo perdonó y se culpaba constantemente por su muerte. Su padre tampoco se repuso y desde entonces se refugió en sus negocios y ocupaciones para lidiar con la soledad. También fue culpable por no prestarle la atención debida a su hija. Aún cuando empezó a adquirir notoriedad apenas asistió a un par de sus exposiciones. Creo…creo que tal vez el tampoco sabía cómo expresar lo mucho que la quería.

Empecé a recolectar los cuadros como…no sé, un gesto para tratar de reparar un poco el daño que se le hizo a esta chica. Una manera de hacerle ver al mundo que su talento si importa y es apreciado. Pienso hacer una exposición póstuma cuando reúna las suficientes piezas… por eso mi interés en agrupar todo el material que pueda– Concluyó el hombre con ojos húmedos, evidentemente afectado por la historia que acababa de compartir.

Sin dejar de escuchar continué aproximándome a la puerta. Haciendo una pequeña estación en el escritorio revisé superficialmente los documentos allí esparcidos sin encontrar nada relevante. No obstante, lo que más me interesaba, la fotografía que tanto parecía haber afectado al hombre yacía boca abajo fuera de mi alcance. Alcé la vista de nueva cuenta hacia K, interrogándola con la mirada.

– Este hombre es muy extraño. No puedo ubicar una sola cosa de las que dice como cierta o falsa…lo siento Diego, por más que lo intento no logro decidirme, parece que no sirvo de mucho a final de cuentas…– Soltó frustrada K.

– Como le digo, apreciaría mucho si me entrega el comunicado del que habla. Prometo hacer lo posible por dárselo a algún familiar o amigo cercano – Rogó expectante Don Orlando.

Y aquí llegaba la parte más problemática del plan. Momentos antes, Doña Adela había sustraído con disimulo un trozo de papel que Monseñor dejara días antes tras una de las pinturas enmarcadas en la pared. El depositarlo allí supuso largas jornadas de esfuerzo y varios intentos fallidos en que la más mínima corriente de aire cambiaba el curso deseado o algún transeúnte  distraído lo estrellaba en su humanidad. Empujarlo bajo la puerta del despacho y luego situarlo discretamente  tras el cuadro de la niña mirando el atardecer, resultó sumamente difícil pese a que la administración se encontraba relativamente cerca del cuarto maletero.  El solo hecho de escribir el breve mensaje constituyó en sí mismo un reto, ni hablar de la irregular caligrafía resultante. Tal vez  lo más complejo fue hacer todos estos malabares a espaldas de Doña Adela que jamás hubiese aprobado un engaño tan descarado.

–Bueno pues si usted me la pone así Don Orlando… pero por favor, por caridad que no se le vaya a pasar entregar esto –  Concedió al fin Doña Adela extendiéndole el papel.

Noté casualmente como la más reciente adquisición del administrador estaba puesta en un lugar de honor en la pared del fondo. Visiblemente restaurado y ya enmarcado, el leopardo de las nieves dominaba el cuarto, sin duda la más fina pieza de toda la colección. Una placa metálica con letras grabadas rezaba lo que supuse sería el nombre científico del majestuoso felino. El grito de Don Orlando desvió mi atención.

–  Pero… ¿qué significa esto? ¿Acaso me toma usted por un estúpido? ¡¿Por cuánto dinero pensaba venderme esta baratija maldito imbécil?! –

La sorpresa en el rostro de Doña Adela me llenó de culpa. Engañar y usar a una mujer sencilla y atenta que solo quería ayudarme desinteresadamente;  seguramente otro peldaño en la escalera descendiente hacia mi destino cada vez más inevitable.

–No…como se le ocurre…no le entiendo Don Orlando, perdóneme…– Vaciló la mujer con voz trémula.

Agitando el papel hasta casi frotarlo en su cara, el hombre continuó exasperado.   
– “los amo a todos y espero que me perdonen. K “… ¿cree que me voy a tragar esa bazofia? –

– Perdóneme pero es que eso fue lo que escribió la niña…ya de ahí no se mas– Intentó explicar desesperada.

Un alarido de ira retumbó en la habitación. Casi convulsivamente, el hombre volteó el escritorio  y todo su contenido con violencia, el sonido del cristal roto y el ruido seco de la madera golpeando el piso,  combinándose con pasos apresurados que corrían por el pasillo de afuera en una exasperante cacofonía. Entre papeles desperdigados, vidrios rotos  y  un charco de whisky, el hombre se postró de rodillas sosteniendo con fuerza el retrato malogrado que antes mirara con tanta atención, aparentemente ajeno a los filosos bordes rotos que hacían sangrar sus pulgares.

– ¡No tenía derecho! ¡Fue una crueldad… una crueldad! ¿Por qué lo hizo? ¡¿Por qué me dio esperanza maldita sea?! …yo solo quería…solo quería creer que me dejaba perdón y paz… ¡y usted me viene con esta falsificación¡ – Se desgañitó el hombre entre las más penosas lágrimas.

K me miró desolada, indicándome con un asentimiento que al parecer el sufrimiento del hombre era real.

–Como así falsificación…créame que no le entiendo Don Orlando– preguntó Doña Adela al borde del llanto ella misma.

–Ja…reconocería la letra de Kiara en cualquier lado. Esto no lo escribió ella– Sentenció con resignación.

De repente la puerta se abrió de par en par y los dos gorilas de seguridad se apostaron a lado y lado de Doña Adela, sujetándola por los brazos.

–Llévense a este desgraciado de aquí…y que no vuelva a menos que tenga un cuadro  para mí– ordenó Don Orlando.

En ese preciso instante, rocé con mis dedos la cerradura de la puerta hacia la que me había estado dirigiendo. Varias cosas pasaron simultáneamente.

Sin previo aviso, un estallido verdoso recorrió todo mi cuerpo, envolviéndome en lo que solo puedo describir como electricidad. Un dolor atroz me invadió mientras era despedido por los aires como un muñeco de trapo, rebotando y dando tumbos contra el piso hasta quedar a mitad de la habitación, justo a espaldas del hombre arrodillado. Mi esencia empezó a titilar mientras impulsos de estática esmeralda me surcaban. Poco a poco empecé a notar cómo me iba desvaneciendo.  Completamente incapaz de controlar mis habilidades más básicas, me fui hundiendo lentamente en el piso.

La extraña energía no se detuvo conmigo. Crepitantes telarañas se extendieron por toda la habitación en un parpadeo hasta hacerla lucir como el interior de una esfera de electricidad estática.  Las dos mujeres se vieron entonces intempestivamente presas en una red de fulgurantes tentáculos.  

Contorsionándose en agonía, la esencia de K se elevo por unos segundos durante los cuales todas las prendas y accesorios que había aprendido a manifestar en los últimos días  desaparecieron como calcinados por la inclemente ráfaga. El espíritu inerte que finalmente se desplomó en el suelo estaba desnudo y lleno de cicatrices, tal como lo viéramos la primera vez que salió de su cuerpo.

Al mismo tiempo, un rayo atravesó violentamente el cuerpo del Imbécil, desalojando sin previo aviso a Doña Adela que fue a estrellarse contra una pared sorpresivamente sólida. Su esencia inmóvil quedó reclinada perezosamente contra el muro, exponiendo su cuello lacerado por una rasposa cuerda que se enredaba caprichosamente en él. Su rostro hinchado y amoratado no denotaba signo alguno de actividad.  Desprovisto de su guía, El Imbécil cayó inconsciente, quedando suspendido de repente en brazos del par de sorprendidos guardias.

Ante la angustiosa visión, el infantil rostro de Max se transfiguró, cambiando radicalmente hasta parecer una retorcida versión  de “El grito “de Munch. Su aullido aterrador y lastimero  atiborró por completo lo poco que quedaba de mi percepción mientras la criatura se acercaba angustiosamente para tratar de brindarme ayuda. Eventualmente el sonido se fue perdiendo hasta sentirse muy lejano, como en un sueño.

Descolgando mi cabeza hacia un lado, observé por fin la fotografía que sostenía el hombre en sus manos. Una mujer de rostro severo esbozaba una sonrisa forzada para la instantánea, como si de un retrato antiguo de un miembro de la realeza se tratase. Un hombre que no podía ser otro que Don Orlando, muchos años más joven, saludable y rollizo sonreía genuinamente feliz desde el pasado. Sobre  la mesa, un sinfín de cajas sin abrir dejaba ver muñecas, electrodomésticos de juguete, ropa colorida y accesorios de moda infantil indudablemente descartados con desinterés una vez despedazado el papel regalo. Un pastel de cumpleaños con un número cuatro que aún despedía humo, apenas se distinguía entre el montón de obsequios.  En medio de la pareja, una niñita rubia reía a carcajadas, sosteniendo entre sus manitas su nuevo juego de pinturas y pinceles, mientras lo enseñaba a la cámara desbordante de emoción y orgullo. “Feliz Cumpleaños Kiara” se leía al fondo, en un aviso colgante decorado con globos y serpentinas.

Luchando inútilmente por mantener la consciencia, mi visión teñida poco a poco de rojo por la sangre que manaba de mi sien izquierda, pude divisar con la comisura de mis ojos entrecerrados a EL OLVIDO,  inmóvil e inexorable, apostado frente a la puerta que nunca pude penetrar, en toda su negra y sobrecogedora magnificencia, mas terrorífico si se quiere, que la última vez que lo vimos, en esa horrible noche en el asilo de ancianos.

Sucumbí al horror de lo inevitable y entonces todo fue oscuridad.