lunes, 26 de marzo de 2012

SUICIDIO S.A. CAPITULO 2 EL LEOPARDO DE LAS NIEVES



CAPITULO 2
EL LEOPARDO DE LAS NIEVES
BREATHE, KEEP BREATHING
DON´T LOSE YOUR NERVE
BREATHE, KEEP BREATHING
I CAN´T DO THIS ALONE
Exit Music (For a Film), Radiohead.


Sí te vas a quitar la vida lo mejor es hacerlo de forma lenta, sintiendo como se te escapa entre los dedos a cada segundo, así cuando llegue ese último e inevitable momento sabrás que has cometido un error. Al menos es lo que siempre me dije desde la primera vez que contemplé la idea, lo que en mi condición de permanente propensión a la depresión, sucedió en mi temprana adolescencia, hace ya varios años. Una muerte rápida y sin dolor no te da tiempo de reflexionar y pensar, de revisitar todos esos momentos que por felices o indeseables merecen ser recordados. El dolor nunca me preocupó. He sufrido el filo de la navaja en mi piel y del amante ingrato en mi corazón y los he abrazado a ambos como viejos amigos. Siempre deseé una agonía más personal si las cosas llegaran a esto… y ahora la estoy viviendo mas allá de mis fantasías suicidas más surrealistas.

No tengo mucho espacio para merodear una vez he ingerido entero el frasco, su contenido granulado dejándome un desagradable sabor amargo en la boca. Empiezo a caminar erráticamente aún cuando se que no tengo mucho espacio para deambular. Mi cuarto es relativamente grande pero los lienzos tirados por el piso, los botes de pintura destapados o secos, los pínceles endurecidos y nuevos, los caballetes y obras terminadas e inconclusas que reposan por todos lados hacen que mi corto paseo esté algo restringido. Me acerco al único espejo disponible en toda la habitación buscando algún signo que me indique que el veneno ha empezado a surtir efecto. Su faz llena de huellas digítales de distintas tonalidades y antigüedades refleja mi cabello multicolor cortado irregularmente, las expansiones en mis lóbulos, las 4 perforaciones que se alojan en mi rostro, las ojeras crónicas granjeadas por una férrea disciplina de desvelo creativo. No parece haber nada fuera de lo  normal aún.

Demasiada claridad. Escarbo distraídamente en el cajón del nochero junto al espejo y tras revolver entre lápices, carboncillos  y plumas encuentro la vela que buscaba. Inspecciono un poco más hasta encontrar cerillos  y la enciendo. Busco a tientas el interruptor y apago la luz. Como si la oscuridad alentara a la muerte para iniciar su labor, en ese preciso instante algo estalla en mi interior. Una indigestión de magma palpita en mi vientre y su reflujo ardiente amenaza con darme a probar el sabor de mis entrañas. Temblores me invaden mientras me aproximo pesadamente hasta el farol chino que pende del techo. Con dedos torpes lo enciendo y un haz de luz tenue se proyecta, bañando con su incipiente claridad los objetos circundantes que empiezan a adquirir formas inciertas.  

Afuera llueve. El sonido magnificado de las gotas retumba en mis oídos. Puedo distinguir perfectamente aquellas que chocan contra el cristal de la ventana abierta, las que logran salpicar el piso de mi habitación y las que se precipitan seis pisos más abajo hasta la calle. El destello de un relámpago se filtra entre mis párpados cerrados segundos antes de que el ruido sordo de nubes chocando me obligue a abrirlos. Curioso, solo logro ver a blanco y negro. Presa de un agradable mareo me tumbo en la cama. Enfoco mi visión perezosamente en la pared de enfrente, donde las sombras se deforman con cada fogonazo de la tormenta.

Un relámpago… y en el muro la silueta de una madre se santigua y abofetea furiosa a su hija adolescente luego de descubrir su primer tatuaje.   

Otro… y la misma sombra maternal arroja pinceles y pinturas por los aires señalando en medio de gritos  a una cabizbaja señorita, para luego tomarse sorpresivamente el pecho y desplomarse en el suelo.
Otro más…y la figura de un hombre que besaba a una mujer se aparta de sus brazos suplicantes,  se apunta con un arma en la cabeza y dispara.

Me froto los ojos y sacudo mi cabeza tratando de despejarme. No puedo arriesgarme a caer inconsciente, es indispensable que termine mi tarea. Tanteo mi bolsillo hasta sentir el roce del mango de madreperla en la yema de mis dedos. Abro la navaja y observo mis pupilas dilatadas en la refulgente hoja por un momento. No esperaba que el veneno me matara. Solo lo tomé para asegurarme de que su efecto anticoagulante me permitiera desangrarme a placer. Miro el mapa de antiguos intentos fallidos que surca mi muñeca izquierda y hago un corte vertical y profundo. Mi brazo se descuelga inerte  por un costado de la cama suspendido a escasos centímetros del piso. Solo después de un rato noto el flujo poli cromático que se derrama a borbotones de mi herida abierta.
Como agua flotando sin rumbo ante la ausencia de gravedad, veo como el colorido líquido se retuerce lentamente en una danza hipnótica. Creo adivinar figuras.

Creo ver a una chica abrazada a su padre quién contempla orgulloso su primera exposición.

Me parece distinguir dos muchachas que se embriagan y ríen a carcajadas con el brillo de una amistad eterna e imperecedera en los ojos.   

Creo descifrar un tipo tímido y corriente que camina de la mano de una sonriente mujer salida de un catalogo de rarezas.

El destello del farol quemándose me saca de mis ensueños. Ya no puedo levantarme para apagarlo y evitar que el fuego se extienda. Tengo frio y me siento cada vez mas adormecida. Buen intento de una muerta tranquila chiquilla estúpida. Aprieto débilmente el frasco de veneno entre mis manos solo para aferrarme a algo. Con creciente desespero me digo que al final no fue tan fácil y mientras respiro irregularmente pienso en lo bien que me vendría algo de compañía, cualquier compañía. No puedo hacer esto sola.  Y es entonces cuando lo veo aparecer de la nada. Esbozo una leve sonrisa ante la ironía de la situación.

– Gracias Diego, gracias por venir – me oigo decir.

Trato de completar la frase con “hijo de perra”, pero las últimas fuerzas me abandonan y mis ojos se cierran.

    ***
Esto es nuevo. Una chica que no conozco logra verme cuando se supone que no debería, me llama por mi nombre agradeciendo mi presencia y luego se muere. En definitiva, no es algo que me pase todos los días.
Los otros apenas se reponen del viaje y comienzan a incorporarse entre quejas y maldiciones.

Escucharon lo que dijo?

– Si gran cosa, encontraste una vieja amiguita suicida. Definitivamente tienes que depurar tus compañías. Podemos agarrar la fulana y largarnos de una vez? –  estalla Carlos malhumorado.

No la conozco. Nunca la había visto.

–Ha de ser una de tus lectoras Dieguito. Si así de deprimentes eran tus libros hiciste bien en tomar tu “receso indefinido” – dice Carla con una sonrisa socarrona en el rostro.

Refunfuño por toda respuesta. El único libro que logré publicar fue un fracaso crítico y comercial. Se vendieron poquísimos ejemplares y aún sospecho que la mayoría de ellos fueron adquiridos por amigos y familiares. De cualquier manera, me empeñé en no incluir ninguna de mis fotografías para evitarme futuras vergüenzas. Es improbable que pueda haberme conocido por ese medio. Por otro lado, su habitación me sugiere que la lectura no es precisamente su fuerte.

Me encuentro en medio del más característico desorden bohemio de un pintor. Recipientes de pinturas y acuarelas se confunden con los de alcohol y comidas rápidas arrumadas por doquier. Libretas con bosquejos y apuntes garrapateados con prisa reposan en múltiples escritorios y mesas de dibujo. Los lomos de los únicos libros que encuentro versan sobre arte, anatomía e ilustración. Observo las pinturas tratando de reconocer algún detalle. Magnífico trabajo sin duda. Todas ellas se encuentran firmadas con una estilizada “K” mayúscula y la fecha de terminación. Confieso que pese a disfrutar la estética del arte, mi conocimiento respecto a la pintura siempre fue limitado, más aún tratándose de un pincel joven y contemporáneo como parece ser el caso de mi misteriosa amiga. No obstante algo en esa persistente “K” me resulta vagamente familiar.

Me acerco a la obra más reciente. La fecha en la firma y los oleos aún frescos ratifican que no puede tener más de un par de horas. Un majestuoso leopardo de las nieves me observa fijamente desde la pintura con sus brillantes ojos azules mezcla ambigua de curiosidad, tristeza y determinación. Manchas negras tocadas aquí y allá con rastros de escarcha que se confunden en su inmaculado pelaje blanco activan el infructuoso reflejo de recorrerlo con mi mano para sentir su aterciopelado tacto. Es curioso como algo inerte puede lucir más lleno de vida que yo mismo. En ese momento veo como un farol de papel arde colgado del techo dejando caer trozos encendidos al suelo tapizado con restos de basura inflamable. Las primeras llamas, incipientes pero seguras no se hacen esperar. 

Max llama mi atención halándome del brazo y señalando el cuerpo inerte de la chica. Está comenzando. Motas de luz blanca se desprenden de su piel y flotan lánguidamente como semillas de diente de león arrastradas por el viento. En un parpadeo se transforman en diminutos pájaros iridiscentes que tras revolotear unos segundos en el mismo punto, chocan como kamikazes contra una pared invisible, estallando en miles de pequeños charcos de mercurio multicolor. El lento goteo de la curiosa sustancia va dando forma a una silueta femenina. 
  
Nunca dejo de sorprenderme por la forma en que la esencia de un suicida abandona su cuerpo tras la muerte y  me pregunto si el espectáculo reservado a los que sucumben de manera menos pecaminosa será aún más fastuoso. Cada experiencia que he observado ha sido única y hermosa…excepto tal vez la del asilo de ancianos. Aparto el atroz recuerdo de mi memoria y  observo a mis compañeros. Ninguno presta demasiada atención al proceso de transición de K  y por hábito o desinterés cada uno se encuentra embebido en sus acostumbradas rutinas. Doña Adela ora postrada de rodillas con una velocidad de murmuración que cualquier monja de claustro envidiaría, mientras monseñor realiza comentarios ácidos y desalentadores ante su piadoso comportamiento. Carla vagabundea revisando las pertenencias de la difunta y Carlos finge esperar con impaciencia sentado en un sillón mientras tamborilea los dedos sin producir sonido alguno, naturalmente. Max balbucea y dirige mi mirada hacía el piso.

El fuego ha alcanzado una botella de removedor de pintura volcada y ahora todo arde con celeridad implacable. De repente una certeza inexplicable me invade. Por alguna razón que no alcanzo a comprender del todo, necesito desesperadamente salvar la última pintura. Desconozco si es afinidad creativa, simpatía por la recién llegada o simple lástima.  Miro el creciente infierno que me rodea y decido que la mejor opción es la ventana.

–Monseñor, necesito que cubra ese cuadro con una manta y lo arroje fuera.

– ¿Qué? ¿Se te zafó un tornillo chico? ¿Ahora además de mesías eres mecenas?

–Por favor…es importante.

–  ¿Pero te crees que es tan fácil? Una cosa es pasar las páginas de tu bendito diario o abrir un cajón. Llevar algo tan pesado a esa distancia  me costaría trabajo aún estando vivo!

– ¿Puede hacerlo?

– ¿Y se supone que vas a salvar esta baratija tirándola al agua y el lodo de la calle?

Tiene razón. La caída, la humedad y la indigencia podrían dar buena cuenta de ella en minutos. No obstante, cualquier enemigo es más noble que el fuego. Lo miro  suplicante.

– ¿Podría intentarlo por favor?

El cura resopla y medita indeciso por unos momentos. –Esta te va a salir cara muchacho– concluye. Es claro que negociar con los representantes de Dios en la tierra nunca ha sido barato, respondo mentalmente.

Con visible esfuerzo y exasperante lentitud el antiguo sacerdote envuelve precariamente el cuadro en una sábana que cubría otra obra y tras un eterno trayecto hacia la ventana lo deja caer torpemente al vacío. Su figura traslúcida y desdibujada se desploma de rodillas agotada.

– ¿Nos podemos largar ya que se cumplió tu caprichito? – insiste Carlos, mientras hace ademanes a los otros para empezar a cerrar el círculo.

Como liberándose de un extraño capullo de placenta colorida, K emerge confundida. Blanca como la nieve en su cegadora desnudez surcada de pequeñas cicatrices, se aproxima tambaleante hacia nosotros  y toma nuestras manos extendidas más por reflejo que por convicción.

Tras otro martirizante viaje estamos de regreso en “la antorcha”. Agotados, todos se retiran sin mayor protocolo hasta que solo K y yo quedamos en el cuarto maletero. Aparentemente mis compañeros decidieron que el rol de “niñera” esta vez me correspondería a mí. Me aproximo hasta la chica que se balancea  mientras abraza sus rodillas con mirada ausente y le extiendo una mano.

–Hola, ¿estás bien? – digo con mi mejor cara de cordialidad

Tras mirarme larga y visiblemente confundida solo atina a preguntar –  ¿Quién es usted? …¿Quién soy yo?

***

Por fortuna la gran mayoría de fantasmas recién nacidos vienen equipados con un sistema de aceptación psicológica que muchos vivos envidiarían, por lo que las cavilaciones metafísicas y la negación de su condición espectral duran a lo sumo un par de horas. Bastaron solo algunos días para que K aprendiera lo básico y se fuera adaptando poco a poco al entorno y la situación. Cuando menos ya no andaba por ahí desnuda y había aprendido a manifestarse usando la vestimenta que más le agradara. No me sorprendió corroborar que  no recordaba nada de su propio pasado y mucho menos de su aparente relación con el mío. Opté por olvidar el asunto al menos de momento.

Caminaba junto a ella contándole un poco sobre la historia del dispar grupo del que ahora era el más reciente miembro cuando vi a Valeria. Sin dejar de hablarle la dirigí subrepticiamente hacía donde estaba. Una vez junto a ella corte de tajo la conversación y la señalé.

–Esta es Valeria, mi ex novia–

–Bueno, no es muy bonita eh? –

–Y este es el imbécil, su nuevo novio–

–wow...Pues que puedo decir. Ya veo por qué te dejó–

Evidentemente la sutileza no era una de sus cualidades. Comencé a relatarle parte de mi triste y trillada historia pero tras pocos segundos me interrumpió.

Shhh , déjame oír –

– ¿Que sucede? –

–Este tipo está mintiendo–

– ¿perdón? –

–Sí, le dijo a tu ex que iba al baño. No es cierto–

– ¿Como lo sabes? –

–No se…solo…hmm…lo sé–

El imbécil se levantó y empezó a perderse entre la multitud. Dudoso me volví hacía K.

–Échale un ojo por mí. No me tardo–

Empecé a seguirlo de cerca. Evidentemente no se dirigía al servicio. Tomó las escaleras hacía el segundo piso, se dirigió al cuarto maletero y reclamó un paquete cuidadosamente envuelto en papel. Con patente secretismo, emprendió la marcha hacía  al cuarto del administrador que se hallaba al costado opuesto, al fondo de ese mismo pasillo. La puerta estaba entreabierta.

–Don Orlando… ¿se puede pasar? – preguntó en su odioso español afrancesado luego de tocar cortésmente.

–Siga por favor, ¿lo trae con usted?– respondió una ansiosa voz desde dentro.

Ingresé siguiendo sus pasos y entonces mi propia estupidez me golpeó en la cara. Solo había entrado en esta habitación una vez antes hacía mucho tiempo y al no encontrarla demasiado atractiva jamás había regresado. No obstante debía haberlo recordado. Las paredes de la oficina se encontraban prácticamente cubiertas de pinturas enmarcadas, todas ellas firmadas con la característica K de nuestra nueva compañera.  

Rompiendo delicadamente el papel y sacando con lentitud el relleno muy probablemente utilizado para evitar golpes y abolladuras, el imbécil fue desvelando el contenido del misterioso fardo.
                                   
–Por supuesto que lo traje don Orlando, creo que le va a encantar– Respondió sonriente.

 Un leopardo de las nieves nos observaba desafiante, henchido con el orgullo de la supervivencia en su mirada.

lunes, 19 de marzo de 2012

SUICIDIO S.A.




ADVERTENCIA: El siguiente escrito se aleja de mi usual temática mamagallista y si bien pueda tener el ocasional asomo de humor, no espere encontrar en este el recurente contenído jocoso de otras veces. Esto es un intento "serio"  de contar una historia que se me ocurrió hace un tiempo y que me venía revoloteando con frecuencia en la cabeza. Pido disculpas de antemano por lo pretencioso que pueda resultar y al igual me excuso si alguna de las temáticas tratadas pudiesen resultar ofensivas para algún lector. No sobra decir que este y posibles entregas subsequentes son un producto de la ficción, cualquier parecido con situaciones nombres y lugares de la vida real, es simple coincidencia. Gracias. 
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SUICIDIO S.A.

CAPITULO 1
BIENVENIDO AL CLUB

Muchas de las preocupaciones más grandes de la vida pierden relevancia cuando estás muerto. Resulta algo difícil sentir preocupación cuando las  glándulas encargadas de regular tus emociones se encuentran convenientemente sepultadas a 3 metros de profundidad bajo una modesta lápida que nadie frecuenta. Para el caso, tal vez sea más acertado afirmar que no solo mis preocupaciones están enterradas, sino que también mi angustia se halla repartida entre los regordetes cuerpos de varios gusanos, mi inseguridad surca los aires  en el estomago goloso de un pájaro que se merendó un par de estos últimos y mi orgullo reposa en las heces que el mismo dejó caer certeramente sobre el busto del prócer de la independencia que domina uno de los parques principales de la ciudad. En resumen, los muertos, o bueno, los fantasmas, percibimos las inquietudes de manera un poco distinta que cuando respirábamos.

Por esa misma razón,  no pude más que observar con un dejo de  humor cínico,  el rio humano que se apiñaba a la entrada del bar para tratar de encontrar un lugar en el exclusivo sitio esa noche, la mayoría sin mucho éxito. Conforme avanzaba, presencié incrédulo acalorados argumentos entre parejas que se culpaban mutuamente por la impuntualidad que los tenía en ese momento esperando un golpe de suerte para lograr entrar, descaradas exageraciones de sujetos que intentaban impresionar a su cita de la noche mientras hacían la fila, suplicantes intentos de sobornar a los responsables de seguridad para poder ingresar y rencorosas miradas de quienes debían tolerar, impotentes, como un recién llegado con mas estilo y probablemente más dinero que ellos, se saltaba la fila  mientras entraba sin problema alguno en medio de los cordiales saludos de los porteros. Me costaba trabajo concebir como podía alguien preocuparse por asuntos tan mezquinos y triviales y rogaba no haber llegado a obrar de manera tan absurda en vida.  Entre manos que se frotaban temblorosas para espantar el inclemente frio y alientos visibles que se mezclaban con el humo de fumadores compulsivos y sociales por igual, me fui aproximando lentamente a la entrada.

“La antorcha” había sido uno de los sitios de moda en la zona por cerca de dos años. Se trataba de una casona antigua que en otros tiempos perteneciera a una de las familias más adineradas de la ciudad pero  que con las vueltas y azares del tiempo terminó  siendo rematada al mejor postor. Como una estrella de cine venida a menos, había tenido oficios cada vez menos dignos en relación con su noble pasado, usándose como restaurante, hostal,  depósito de licores y ahora como taberna. Pese a los años de detrimento la casona aún conservaba algo de su antiguo donaire; pisos de madera y lámparas de araña, espejos inmensos y alguna que otra pintura del siglo pasado se combinaban groseramente con parafernalia mas mundana, como oxidadas cantinas de leche, trinches de chimenea, viejos calendarios, imágenes religiosas y hasta una motocicleta en desuso, todo con la supuesta intención de darle un aire  “vintage” al lugar.  Cajones que otrora se empleaban en el transporte de vegetales y frutas habían sido pulidos y lacados, haciendo las veces de mesas. El bar carecía de sillas, por lo que los asistentes no podían más que estar de pie todo el tiempo, transmitiendo la falsa idea de bailar permanentemente. Cualquiera que fuese el motivo, el lugar parecía atraer por manadas una fauna muy particular.

El salón principal estaba a reventar. No obstante, más que  una fiesta me parecía contemplar un desfile de modas. Personas que no tenían la más remota idea de taxonomía animal ostentaban orgullosos prendas llenas de logos con imágenes  de cocodrilos, felinos salvajes, gaviotas y alces, asegurándose de dejar expuesta a la vista con disimulo, la marca que los identificaba como miembros inequívocos de este privilegiado mundillo. Una dicotomía intolerable obligaba a los locales a vestirse de gala y lucir adinerados, mientras que los escasos extranjeros  presentes se empeñaban a toda costa en parecer descomplicados y originales, con sus apariencias desaliñadas y accesorios autóctonos. Sintiéndola antes que verla, ubiqué a Valeria apoyada contra un muro, con un trago en la mano y charlando animadamente. Como un autómata me dirigí hacía ella.

En completa contradicción con lo que reza la sabiduría popular, doy fe de que los fantasmas no caminamos a través de las personas. No frecuentemente al menos. El contacto directo con los vivos nos debilita y nos causa un malestar que está por encima de lo que alguna vez fue el dolor físico agudo, nos desenfoca y nos altera. En los vivos por su parte, parece ocasionar que sus emociones se disparen aleatoriamente. Atravesar un cuerpo con funciones vitales es en definitiva una muy mala idea. Afortunadamente, las personas parecen estar dotadas de un instinto inconsciente que los obliga a evitar a toda costa el roce de los incorpóreos. Mejor aún, los hace completamente ajenos a los espacios que se abren en las multitudes para dar paso a caminantes invisibles.  Así pues, me fui acercando  a ella con lentitud mientras los que me rodeaban se apartaban involuntariamente de mi camino en un complicado vals de casualidades.

Para el espectador promedio Valeria debía lucir soberbia. Su cabello castaño  evidentemente alisado para la ocasión, sus ojos grandes y marrones bordeados de rímel y lápiz, su tez blanca y sus formas perfectas enfundadas en un vestido de lentejuelas corto, negro y ceñido al cuerpo, invitaban a mirarla sin demasiado pudor.  Yo solo veía a una niña asustada que usaba ropa de mujer para sentirse segura en un ambiente que nunca fue natural para ella y por el cual hasta hacía muy poco no se interesaba. Tras sus sonoras carcajadas y  comentarios  atrevidos creía adivinar un desespero por encajar con este presente deformado y poder huir de un pasado que extrañaba y odiaba a la vez. Esta noche como ya era costumbre, el imbécil la acompañaba.
El imbécil era uno de esos extranjeros que parecen un cruce entre Gabriel Omar Batistuta y el mismo Dios, imposible y ofensivamente apuesto, informal pero impecable  y con un peinado  sutilmente recogido en una bandana que haría lucir intolerablemente amanerado al resto de la población masculina pero que a él  le otorgaba una apariencia, de ser posible, más varonil e irresistible. Pero como no todo ha de ser perfecto, su intelecto era… bastante aceptable. Es más, siendo objetivos podría incluso ser descrito como culto y bien versado en asuntos del mundo. A decir verdad, el remoquete se lo había ganado a fuerza de envidia, gracias a la incómoda certeza de que no había nada evidentemente malo con el sujeto. Si hay algo peor que ver a la mujer que amas con  un mal tipo, es verla con uno excelente. Por tercera vez en este mes, parecía como si los gusanos que habían devorado mis celos estuvieran emitiendo gases residuales de vuelta a mi esencia intangible.

Apreciaba la ironía de la situación; la última vez que estuvimos aquí  cuando mi corazón aún latía, Valeria me hizo sentir como un fantasma. Me invitó a ir de fiesta con ella y luego intencionalmente me ignoró durante toda la noche, haciendo énfasis en lo bien que lo estaba pasando con sus amigos, entre ellos el  imbécil, que arribó sorpresivamente en un punto de la noche en que pensé que las cosas no podrían ir peor. Nunca comprendí del todo el objetivo de su pequeña venganza, pero dejó  una imprenta tan profunda en mi, que es un asunto que recuerdo aún después de haber fallecido.

Los muertos no la tenemos fácil para recordar eventos concretos de nuestro tiempo entre los vivos. Al parecer  en la mayoría de los casos los fantasmas no logran retener mayor detalle y pasan muchos años antes de poder recuperar o averiguar fragmentos de su vida mas allá de las circunstancias de su muerte u otros eventos demasiado traumáticos que resuenan con persistencia en sus mentes. Aún así,  muchas veces esos recuerdos se confunden con fantasías, anhelos, esperanzas o temores, de manera que nunca se puede confiar del todo en la memoria de un difunto. Cómo recuerdo entonces muchas cosas de las que hablo? Fácil. Era escritor. Uno particularmente anónimo y mediocre, no obstante mis hábitos de escritura me condujeron a llevar un diario personal que con la reticente ayuda combinada de Carlos y Monseñor leo de vez en cuando y que me ha ayudado a desvelar lentamente algunos de los sucesos de mi pasado.

De manera que, a sabiendas de toda nuestra truculenta historia, cuando el imbécil se acercó a Valeria con la clara intención de darle un beso no lo pensé dos veces y la toqué. Mis falanges se hundieron en su rostro y la visión ya de por sí nublada que usualmente tengo de mi entorno se arremolinó en una sucesión de colores borrosos y revoloteantes mientras el dolor se apoderaba de mi. Describir mi tipo de dolor a quien solo lo ha experimentado con sus terminaciones nerviosas resulta complejo. Podría decirse que es el tipo de dolor que siente una historia cuando ya nadie la cuenta y a través de los años su contenido se va olvidando y deformando hasta convertirse en una versión mutilada y maltrecha de la original. O tal vez el padecimiento que sienten un par de zapatos viejos que acumulan polvo y suciedad en un rincón porque caídos en desuso nadie se toma siquiera la molestia de tirarlos. La existencia de un fantasma es un eco tan frágil que el dolor se magnifica y deja cicatrices más profundas que cualquier herida física.  Cuando recuperé algo de mi compostura y me levanté luego de estar hecho un ovillo en el piso, logré notar que Valeria se había echado a llorar  y había salido corriendo hacia el servicio, trastabillando afanadamente con quien se atravesara  en su camino, incluido el imbécil, que se quedó con su beso en los labios y una mirada perpleja en el rostro. Mi esencia lucía un poco más transparente y borrosa pero sonreí y pensé que había valido totalmente la pena. Satisfecho con la consumación de mi odiosa empresa, me alejé hacia el segundo piso con la equivalencia espectral de una cojera.

***
Subí las escaleras tropezando levemente, hundiendo los pies en los peldaños y las manos en las barandas como cualquier espectro neo nato sin experiencia. Arriba había un poco más de lo mismo, mas lámparas, mas pinturas, un par de armarios con cristalería fina y fotografías históricas de la ciudad que un puñado de beodos pseudo-intelectuales fingía mirar con interés académico. La verdad era que la gente subía para guardar sus pertenencias en un depósito en el que cuidaban de ellas durante la noche  por una módica suma. Resultaba vergonzoso deambular por ahí con bolsos o morrales dando a entender que no se poseía vehículo donde dejarlos o que, Dios no lo permitiese, se tenía la intención de embolsillarse alguno de los invaluables objetos de memorabilia arcaica que abundaban en el bar. Por algún acuerdo tácito, ese cuarto maletero funcionaba como nuestro salón informal de reuniones. Al parecer ya todos habían llegado y me esperaban alrededor de la vieja clavinola arrumada al fondo de la habitación.

Como era usual, el primero en saludarme fue Max. Abalanzándose sobre mi pierna me abrazó y luego extendió los brazos con ojos suplicantes. Lo observé durante unos segundos. Max había escogido manifestarse ese día como un bebe prematuro de unos seis meses; desnudo, húmedo y pegajoso por el líquido amniótico, carente de todo vello y con su cordón umbilical flotando a un costado. En otras ocasiones lo habíamos visto  como un niño algo mayor y otras veces como un simple amasijo de células y fluidos itinerantes. Max casi nunca hablaba y las pocas veces que lo hacía utilizaba monosílabos o palabras inconexas. Había aprendido a descifrar parte de sus gestos y ahora evidentemente deseaba que lo cargara. No tengo registro de haber sentido afinidad con los niños, pero la permanente necesidad de afecto de Max había hecho que le tomara un aprecio más piadoso que sincero. Se me escapa como una criatura de su edad pudo haber tomado su  propia vida y peor aún, haber sido condenado a una existencia tan cruel. Mi muerte no había hecho otra cosa que transformar mi ateísmo en teofobia.

Carlos y Monseñor intercambiaron miradas. – Has vuelto a visitar a tu ex no es verdad Dieguito?, increpó Carlos con la certeza burlona de quién pregunta por cortesía.

–  Sigue tocándola y te vas a quedar ciego. Acechar mujeres no es un hábito que debas cultivar ni siquiera después de muerto – dijo monseñor con fingida solemnidad mientras pulía casualmente uno de los botones de su sotana.

–  No le prestes atención Dieguito, solo te molesta porque para su gusto la chica tiene demasiados años…y el sexo equivocado. Además si lo que les preocupa es tu mal aspecto, deberían haber visto a mis clientes luego de una sesión conmigo, esos sí que quedaban con mala pinta!  –  interrumpió Carla mientras rodeaba con sus brazos a monseñor.

–   No tengo por qué justificar mis preferencias ante una mujerzuela –  espetó monseñor airado
–   Ja,ja cálmese su santidad era solo un comentario, eso sí, es mejor que agarres fuerte a Max Dieguito, nunca se sabe – concluyó la mujer con frialdad. Max se apretó contra mí como el grotesco remedo de un chimpancé ante el último comentario.

–   Joven Carrillo, a mi me parece que debíamos irnos ya, no vaya y sea que a ese pobre cristiano le toque llegar solito.  Y niña Carla a mi no me parece que le hable así a Monseñor, acuérdese lo que le he hablado del respeto –  sentenció Doña Adela. Doña Adela era la menos académicamente educada de todo el grupo pero su sabiduría innata y buenas maneras a menudo zanjaban discusiones y desacuerdos interminables que la filosofía y las letras no lograban más que avivar.  

–     La vieja tiene razón mejor movemos el culo…aunque sigo sin saber cuál es el afán de seguir llenando de desconocidos este “clubcito” – dijo Carlos tomando de las manos a sus dos compañeros más cercanos en el ya conocido ritual.

–   Lenguaje Carlos, lenguaje –  reproché al depuesto  senador, haciendo un gesto a los demás para que repitieran el procedimiento.

A este punto debo aclarar que cuando te suicidas y te conviertes en un fantasma, generalmente obtienes un talento especial. Carlos por ejemplo podía llevarnos a casi cualquier sitio que deseáramos siempre y cuando tuviésemos una imagen clara de éste. Contrario a lo que se piensa, si bien podemos caminar a través de estructuras sólidas sin mayor problema, tenemos una zona de comodidad en la que podemos merodear con cierta libertad. Más allá de esta, se vuelve doloroso y peligroso avanzar. Aún los espectros somos cautos, es curioso como el ancestral miedo al olvido puede persistir incluso después de la muerte.

Y eso nos lleva hasta mí y el propósito de nuestra más reciente reunión. Mi “don” consiste en percibir cuando un suicidio está a punto de cometerse. Visualizo el  lugar y la persona y puedo rastrear el hedor de la muerte futura con agudeza y exactitud siempre que cuente con los medios para seguirlo. No me malinterpreten. No tratamos de evitarlo. No al menos desde lo que sucedió en el asilo de ancianos. Solo intentamos darle al recién llegado una bienvenida menos brusca, proporcionando cierta guía y soporte en el proceso de transición. Hay un mundo aterrador ahí afuera, y puede ser peor si lo enfrentas solo.

El uso de nuestras habilidades siempre causa un desgaste, mayor o menor dependiendo de la dificultad de la tarea emprendida,  pero para mí la peor parte es tener que compartir mentes con algunos de mis compañeros. Como había mencionado es necesario que Carlos sepa exactamente a donde nos va a llevar, y ese nivel de claridad no se logra completamente sino a través de un vinculo mental momentáneo. La cantidad de información a la que estoy expuesto y a la vez revelo me inquieta. Gracias a un par de viajes anteriores me he enterado de varios detalles desagradables relacionados con mis camaradas. Indudablemente ellos también se habrán topado con algunos de mis oscuros secretos. La nuestra es sin duda una alianza incómoda.  

Cuando se viaja de esta manera no parece que uno se moviera en el espacio. Tengo la impresión de que el entorno se adaptara y cambiara alrededor nuestro mientras permanecemos inmóviles. Las paredes del cuarto maletero parecen doblarse  y contorsionarse en ángulos imposibles, los muebles y pinturas  de la habitación se derriten y se deforman para prestarle su sustancia a nuevos objetos que van materializándose poco a poco, las personas se desvanecen y nuestras mentes se fusionan en un instante doloroso en el que somos un solo ser agonizante. Al aclararse mi visión y apaciguarse poco a poco mi dolor, logro discernir ciertas figuras en la nueva habitación en la que nos encontramos, pero un zumbido sordo sigue taladrando mi percepción. Sin fijarme en mayores detalles, me acerco tambaleante a la forma incierta de una chica de negro postrada en una cama en mitad del cuarto. Logro notar su respiración irregular  y el frasco de veneno entre sus manos. Sigue viva aunque no por mucho.

–Bienvenida al club  – le digo a la desconocida con la mayor calidez de la que soy capaz, sabiendo que aún no puede escucharme o verme.

La extraña, ese ser que jamás había visto en vida o muerte, suelta una leve sonrisa y mirándome directamente a los ojos replica – Gracias Diego, gracias por venir –.
                                                                                                                                                                                                                                                                             

    
  



martes, 14 de febrero de 2012

AÑORANZAS SERENATERAS por Diego Cárdenas.

AÑORANZAS SERENATERAS  por Diego Cárdenas.


AÑORANZAS SERENATERAS  por Diego Cárdenas.

ADVERTENCIA: El siguiente escrito, más que estar poblado de apuntes jocosos para desternillarse de la risa, se encuentra compuesto en su lugar  por nostalgias universitarias que este servidor ha decidido recordar y compartir. Es muy probable que algunos lectores no comprendan del todo varias de las cuestiones relatadas porque inevitablemente  todas estas se convierten eventualmente en un gran chiste privado. No obstante agradezco a quien sin conocer mucho del asunto, se anime a dar una repasada a nuestros recuerdos, de los cuales he sido declarado celoso guardián no oficial, según me dicen mis amigos, en razón a mi prodigiosa facultad para recordar pendejadas irrelevantes. Espero por lo menos arrancar una que otra sonrisa evocadora de quien pueda sentirse medianamente relacionado con el tema.

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Un antiguo y popular adagio que muy probablemente solo conocemos mi amigo Camilo Doncel  y yo, y que ninguno de los dos recuerda con exactitud, reza: “No hay mayores obras creadas por el ser humano que aquellas inspiradas por el amor”. Esta máxima seguramente no exista o es posible que la haya reconstruido con palabras erróneas y un sentido completamente opuesto al original, no obstante, en medio de las masticaciones mentales que me surgieron mientras me dirigía a mis aposentos en el metálico vientre de la bestia  conocida como “ruta 37”( rodeado por parroquianos  con olor a perro mojado y un sujeto con cara de ñanga que sin cesar oteaba mis tennis de Star Wars con una mueca sardónica), decidí que era con dicha frase que quería dar inicio a este escrito, porque… no estoy de acuerdo con ella.
Nada como el desamor para generar  magnificas hazañas. Si señores, el archiconocido despecho,   compañero invisible pero inseparable del  beodo, el  imprudente y el ridículo, la famosísima tusa,  generadora de tan vergonzosos pero gratos recuerdos   universitarios de este servidor ,es en parte la protagonista del presente artículo. 

Y es que mis camaradas y yo (exceptuando tal vez al nunca bien ponderado Diego Mora que tuvo más “novias” que todos nosotros juntos), ostentamos un nada glorioso record colectivo de 23 sobre 25  (23/25)  intentos románticos fallidos (  estoy estirando la verdad hasta donde más alcanzo muchachos). En aquellas memorables épocas de melenas ondulantes, jeans rotos, actitudes retadoras y cañita de caña, las intentonas golpistas al corazón de las féminas eran el pan de cada día.  La verdad es que azuzábamos los canes ( o echábamos los perros si así prefieren llamarlo) como si no hubiese un mañana.  Con la inocencia propia de un párvulo,  nos bastaba la coqueta sonrisa de una cándida mozuela para caer rendidos ante los encantos de quienes pensábamos, escribirían junto a nosotros románticas sagas envidia de la mismísima  Corín Tellado.  Peor aún, motivados un poco por el alcohol barato que consumíamos, un poco por las comedias románticas de Adam Sandler  y Ben Stiller que ofrecían un final feliz para el “underdog” promedio y otro poco por nuestra incurable alma de bohemios chibchas, invariablemente concluíamos que sin importar la naturaleza de la chica en cuestión  la mejor estrategia de conquista consistía en llevarle una serenata.  Y no una serenata pagada o con profesionales, estamos hablando de  un improvisado nocturno ofrecido por los mismos pretendientes y su cohorte de alcahuetes pero fieles amigos.

Para quienes nunca han ofrecido una serenata  de esta naturaleza y por tanto no están familiarizados con el modus operandi del serenatero independiente, ofrezco a continuación lo que considero un muy completo resumen (basado en hechos reales) de lo que puede llegar a constituir un evento musical tan cuestionable. Al final de cada situación, señalo entre paréntesis una o varias iníciales que pueden dar pistas relacionadas con los personajes específicos que sufrieron estos eventos puntuales. Quién conozca mi patota de compadres pseudo músicos, no tendrá muchos líos en identificar a los sujetos sutilmente señalados. El que quiera entender que entienda.

PREPARACIÓN

-          La atormentada víctima de la saeta de Cupido  socializa apesadumbrado su pena, o lo que es peor desborda en prosa optimista respecto a las potencialidades positivas de su más reciente empresa amorosa, acto seguido – y luego de ingerir una cantidad importante de algún aperitivo de bajísimo precio   y dudosa  procedencia -  los camaradas  sugieren para sorpresa de nadie, llevar  una  sentida serenata a la damisela en cuestión.  Nótese que  el menos convencido de aplicar dicha estrategia suele ser el directamente implicado, sin embargo, una vez  el destemplado ánimo serenatero del grupo se ha avivado, el pobre sujeto es arrastrado  sin remedio por esta pésima iniciativa. (T)
-          El dispar grupo se da entonces a la tarea  de debatir en medio de su parcial ceguera etílica, cuales son los temas más representativos para la ocasión, interpretando máximo unos 5 segundos de acordes de cada canción y dando por sentado que conocen la letra y la partitura como la palma de su temblorosa mano. (T)
-          Indumentaria a cuestas, ( guitarras, bongoes, afinadores y hasta atril de partituras) , el tembloroso Romeo y su tropa de borrachines, parten raudos ( y -salvo en las ocasiones de mayor liquidez- a pie) con rumbo a los aposentos de la homenajeada, que en muchos casos, podrían quedar hasta a 2 horas de irregular caminata. He de anotar que durante dicha marcha incierta , en ocasiones  es posible extraviarse y jamás dar con  la casa deseada ( JA)   o que un grupo de facinerosos aborde la caravana, intimidándolos para tratar de quitarles los instrumentos ( DC )

INICIO DE LA SERENATA

-          Una vez encontrada la residencia de la dulcinea de turno y apostados frente a la ventana/puerta elegida tras una ardua votación,  generalmente se inicia entonando   “ De madrugada” de los desintegrados “Ekhymosis” o  “Hasta que venga la mañana” del ex-Polígamo  “Andrés Cepeda”.  A este punto son muchas las situaciones con las que nos podemos encontrar:
  1. No sale nadie y solo se despiertan los vecinos quejándose por el ruidajo. El lunes siguiente el personaje les contará a sus compañeros que la fulana y su familia andaban de viaje en Melgar. ( DC)
  2. Una cortina se remueve imperceptiblemente en la ventana elegida dando a entender que hay vida al interior de la casa, pero luego de dos horas de insistente lírica  nadie sale (JA). El lunes siguiente el personaje les contará a sus compañeros que la fulana sonrió nerviosamente al verlo, cambió de acera, y en la tarde esta le hizo llegar una orden de restricción de acercamiento.
  3. Luego de que una esperanzadora luz se enciende y una muy generosa figura femenina se delinea a base de sombras en la ventana, se asoma la muchacha del servicio doméstico, anunciando que la  “Jeñorita” no está y los “patrones” tampoco, pero que los “muchachos” cantan muy “sabroso” y que se “echen otricas” ya que están ahí. ( JA)
  4. Un futuro suegro mala caroso  arroja agua y/o amenaza con soltar sus hambrientos mastines de escuchar una destemplada nota más, esto complementado con frases como “ esto es una casa decente!” o “ estas no son horas!” . (S)
  5. Una invisible vecina loca/borracha/mamagallista? Empieza a despotricar de las habilidades artísticas del grupo desde el tercer piso de su vivienda y a manera de favor gratuito, le solicita a los músicos le vayan interpretando distintos temas para mejorar la afinación, mismos en los que ella canta a grito herido.  ( J)
  6. Luego de un buen rato en que nadie se asoma y tras empezar a empacar instrumentos y maletas, la fémina arriba en un taxi, visiblemente agitada, algo despeinada y bastante nerviosa. El sujeto que la acompañaba sigue su curso en el amarillo vehículo . El Lunes siguiente el Romeo les contará a sus compañeros que se ha enterado por amigas de la fulana que esta recién llegaba de un motel ( R)

CLIMAX DE LA SERENATA

-          Supongamos  ahora que la prueba de fuego se ha superado y de una  u otra forma, la agasajada  hizo acto de presencia, sea asomándose por la ventana o abriendo a regañadientes la puerta, cubriendo como mejor puede su inesperadamente conservadora pijama y exhibiendo su rostro lavado y probablemente lagañoso.  Del mismo modo, son varias las situaciones posteriores que pueden tener lugar:
  1. La susodicha emite un gutural y masculino “ HOLA MUCHACHOS” muy probablemente producto de sus horas en brazos de Morfeo, ante el cual los perplejos serenateros se miran unos a otros y luego prorrumpen en sonoras carcajadas para desespero e incredulidad del Romeo.  (J)
  2. Tras mucha demora y movimientos erráticos dentro de la casa, la fulana abre la puerta visiblemente agitada y nerviosa. Luego de un par de canciones que la susodicha escucha con inocultable aprensión y apuro, se ve salir un sujeto del interior de la habitación en condición de transpiración y agitación similares a los de la fémina. El sujeto resulta ser conocido y amigo del grupo serenatero y el lunes siguiente les indica a todos , incluido el apesadumbrado Romeo, que al parecer era el quién estaba “haciendo cantar” a la Julieta en dichos momentos   ( R).
  3. Por presión materna, la susodicha hace pasar a los músicos a la sala. Manteniendo una expresión de haber succionado 7 limones en 5 segundos, la fulana aplaude ausente o se limita a golpetear con su pie en el suelo al ritmo de la música. La futura suegra, animada e integrada, pide temas de” los Visconti “y “los Panchos” y reprende a su hija su apática conducta, haciéndole ver que ella se hubiese muerto por recibir una atención de ese tipo en sus años mozos.  El Romeo se puede olvidar de su Julieta. Nada es más nocivo para un pretendiente que una suegra que le insista a su hija en que un muchacho le conviene.  (Y)
  4. La fulana no se sabe ninguna de las canciones y balbucea torpemente los coros a manera de discreta cortesía. (T)
  5. La fulana se sabe una de las canciones de pe a pa, la entona con sentimiento y a todo volumen sin importar su poco afinada voz. Al terminar indica,   “ay…esa canción me la dedicó ( inserte aquí nombre del ex-novio o actual traga)”. (R,DC,JA,J)
  6. La fulana se emociona a más no poder con la serenta y sale en estampida a abrazar y agradecer melosamente a un miembro equivocado del grupo, dejando al Romeo desconcertado e indeciso respecto a revelarse como  gestor original del homenaje musical(LC)
  7.  A los guitarristas se les olvida la canción (T)
  8. El bonguero golpea los cueros tan arrítmicamente como si estuviese enviando un mensaje en clave Morse (T)
  9. Los cantantes se desafinan desgarradoramente y olvidan la letra de la canción, teniendo que recurrir a cantar el coro una, y otra, y otra … y otra vez (T)
  10. La fulana sonríe cortésmente agradeciendo efusivamente a todos y mientras los despide toma del brazo al Romeo y le dice en voz baja y entre dientes que jamás en la vida se le ocurra hacer una cosa de esas de nuevo.

AFTERMATH

La conclusión de este tipo de empresas suele ser agridulce en el mejor de los casos. Los músicos van empacando sus instrumentos con parsimonia disimulando pesimamente su interés en la conversación que el Romeo y la incierta Julieta sostienen en una esquina alejada. Tras sacudidas de cabeza a manera de negativa , brazos cruzados y miradas que oscilan entre el enojo y la lástima, la fémina despacha al cabizbajo Romeo quien se une de nuevo a su fiel corrillo. Como compañeros de mil batallas perdidas, los presentes apenas si intercambian comentarios y se dirigen sin entrar en más detalles, al andén más cercano y acogedor para culminar con alcohol lo que con alcohol comenzó.

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Visto de esta manera a lo mejor muchos encuentren deprimente y pesimista el relato de estas actividades. No obstante, dichas lides musicales me dejaron tan gratos recuerdos, anécdotas y experiencias jocosas, lazos de amistad e incondicionalidad  que pese a lo poco fructífero de la tarea realizada entonces, el día de hoy, casí 12 años después de nuestra primera serenata, las recuerdo como si fuera ayer y añoro esos tiempos en los que las cosas eran más difíciles pero más sencillas y  cada derrota sabía un poco a victoria ( como si de Pachito Maturana se tratase). Ahora que lo analizo, creo que secretamente todos sabíamos lo improductivo de muchos de esos intentos, pero solo necesitábamos una excusa para hacer algo que disfrutábamos y que sin gritarlo a voces nos unía cada vez mas como amigos y cómplices. 

Hoy mas que ayer, es difícil encontrar una fulana que disfrute y valore un detalle tan poco común e infinitamente austero. En tiempos de blackberries , mensajes por facebook, impersonales tarjetas de regalo y otras tretas comerciales, pareciera que la esencia de un regalo sencillo pero significativo se hubiese perdido de la faz de la tierra.  No obstante y a manera de promover el regreso a las raíces, le animo a que ,si cuenta con un grupo de amigos que le acolite la pendejada, se anime a serenatear aunque sea a la “menos peor” de sus pretensiones románticas de estos días.  Recuerde que lo hace mas por usted que por ella  y que como decía el reconocido filósofo contemporáneo Rigoberto Cortázar antes de lanzarse avezadamente a las fauces de una romántica misión suicida “ lo peor que puede pasar es que le digan que no”.  

Muchas gracias,

DIEGO CÁRDENAS

viernes, 3 de febrero de 2012

DESENCHUFATE-CHUFATE , Por Diego Cárdenas

DESENCHUFATE-CHUFATE , Por Diego Cárdenas


Quienes conocen a este servidor e incansable aventurero de las composiciones pretenciosas y escatológicas, habrán de recordar - tal vez de mi época universitaria- que dos cosas consiguen que monte en cólera  con una facilidad e intensidad inusitada: Que un automotor propine desesperadamente bocinazos dirigidos a mi humanidad ( razón misma por la que contemplar la idea de adquirir vehículo y aprender a conducir me resulta tan atractiva como la de albergar una familia de alacranes en mis calzoncillos) o que algún desprevenido parroquiano sujete alguna de la revistas/libros/ cómics de mi propiedad doblándolos inmisericordemente  de forma cónica en una de sus manos mientras mantiene una sonrisa socarrona en su despreocupado rostro. Cualquiera de estos eventos logra que mi fas se desencaje y adquiera un imperceptible tic en mi ojo/ceja derechos  acompañado de un temblor creciente en mis puños firmemente cerrados al tiempo que hago acopio de todo mi autocontrol para evitar torturar rectalmente al infractor con el paraguas mas grande que encuentre a mano. El último psicólogo que visité con propósitos de evaluación profesional ( tenía 14 años por esa época) , sentenció tajantemente que tenía demasiada paciencia y ese constituía un inconveniente comportamental grave. Luego de tantos años debo darle la razón al loquero pues mi pasividad colérica  me ha granjeado mas de un inconveniente cuando ya no logra ser contenida y explota de manera semejante a una parodia desgarbada de Hulk o un émulo de Hank, el de "Me, Myself and Irene".

Muchos respirarán tranquilos, pues pensarán acertadamente que dichos sucesos no se han de dar con demasiada frecuencia, reservando mis episodios de "barbarie" a las caminatas domingueras ( día en que los beodos del volante madrugan a dar su cacofónica sinfonía al peatón de turno) , los caravanas fúnebres de los transportistas ( que probablemente pitan indiscriminadamente con la esperanza de que el finado despierte profiriendo improperios -muy propios-  de su otrora oficio) y tal vez la visita del ocasional novato a mi colección literaria ( ocasión en que debido a su condición de principiante en el arte de atesorar documentos impresos, suelo hacerme el de la vista choncha y darle otra oportunidad).

Debo contarles no obstante, mis queridos y caros amigos, que no sin una alarmante preocupación, en los últimos años ha surgido una fuente de acumulación progresiva y constante de enojo para mi tolerante persona que sobrepasa por mucho las dos causales ya mencionadas y que a diferencia de ellas, debo soportar a diario: los dispositivos de telefonía celular con conexión a internet. Sí, les hablo de los Black Berries, Androids, Iphones y demás demoníacos aparatos que con  variopintas denominaciones no tienen otra función que la de acabar con la ya escasa tranquilidad del ciudadano promedio y deteriorar aún más las relaciones interpersonales que estos sostienen con dificultad. Me refiero a estos elementos salidos del averno que sin pesar demasiado encorvan espaldas, enrojecen pulgares y agachan cabezas con un poderío superior a cualquier regaño materno o  epifanía religiosa. Estos indeseables huéspedes que sin pedirle permiso a nadie se han quedado en nuestras casas como el tío desempleado que quisieras pero no puedes echar, en nuestras oficinas como el familiar incompetente/mozuela cabeza-hueca del jefe que resulta odiado/a pero intocable  y en nuestros sitios de recreo como el borracho buscapleitos y coquetón que termina por  ser hijo del dueño del bar , constituyen la fuente mas reciente e intensa de mis rabietas.

Con sus pitidos persistentes e intolerables, estas bestiecillas electrónicas ostentan la capacidad de interrumpir con igual efectividad e impunidad el momento más emotivo de cualquier película, la orientación más importante de una clase o el más poderoso de los orgasmos por llegar. Convierten a un individuo otrora sociable y bonachón en un autómata autista incapaz de sostener una conversación decente por más de dos minutos seguidos, exponiendo a quien lo contempla a una serie de expresiones faciales, risas contenidas, reclamos a media voz y murmuraciones inciertas, dignas de cualquier paciente mental que se acurruca entre paredes acolchadas susurrando en un charco de su propia orina. Esto claro, cuando es uno quien teclea y otro quien observa tratando infructuosamente de entablar conversación. Ahora bien, cuando un grupo de individuos manipula dichos dispositivos en el mismo espacio, digamos, un almuerzo o cena informal,  resulta mucho peor, pues los sujetos generalmente intercambian escasas palabras carentes de mucha profundidad, de lo cual nadie se percata pues los lapsos de atención que entre todos se prestan son mínimos. Los presentes se ignoran entre si para dar prelación a quien se encuentra lejos y ausente de momento. Esta lógica se me antoja similar a tener un apuro intestinal y en lugar de atenderlo en la letrina reluciente e higiénica que se posee en el hogar , preferir desplazarse hasta las afueras de la ciudad para aliviarse en un potrero,  oscuro , húmedo, lleno de mosquitos y rodeado de facinerosos.

Nuestro querido Castellano, que se encuentra ya mas abusado y vapuleado que violador de menores recién ingresado a prisión, ha sufrido aún mas embates gracias a estas hemorroides de bolsillo. La avalancha de "K's" , "X k's", "hay's", "ay's", "ahí's", "haber'es" y "a ver'es ", entre otras barrabasadas idiomáticas que inició con el querido messenger ha encontrado firme asiento en el chat telefónico. Expresiones como "mándame un pin" , que humildemente considero yo tan acertadas como " hazme un please" pueblan las conversaciones virtuales del día a día. Ni que decir de mutaciones del lenguaje tan incomodas como " pineame" o "texteame" . Al parecer el "reguetón" se niega dejar títere con cabeza ( o cerebro).

Del mismo modo resulta algo desconcertante la condescendencia con la que tratan algunos de los flamantes propietarios de estas maravillas de la comunicación moderna, a quienes como yo, aún poseen la archiconocida "flecha" de vender minutos y no tienen interés  alguno en cambiar de sistema. Pareciera que una inexplicable vergüenza ajena poblara sus rostros cuando uno saca su arcaico aparato para contestar la ocasional llamada, después de la cual suelen venir comentarios orientados a la necesidad social inaplazable que representa tener uno de estos BBs  y de los múltiples beneficios que ofrecen( quién no quisiera presumir con un status como "fulanito se acaba de conectar desde CORABASTOS" o " Zutanito estuvo en LA PISCINA hace dos horas" ???). A veces creo que las compañías de telecomunicaciones le están ganando en número de cerebros lavados a los cultos religiosos de garaje, logrando sin mucho esfuerzo, que otros evangelicen por ellos, sin cobrar un peso.

En resumen, a veces pareciera que la vida moderna hubiese creado una necesidad constante de tener a todo el mundo disponible todo el tiempo para comentarle cosas tan trascendentales como la frecuencia y presión de nuestra micción o la posición que asumimos al sentarnos en el baño para evitar que el característico "splash" de la descarga resulte demasiado sonoro, mientras desestimamos sin sentimiento de culpa alguno la presencia de nuestro interlocutor más próximo.

De manera pues querido lector, que si posee usted uno de estos inventos de Belcebú y en algún punto desea entablar una charla corta pero sustanciosa conmigo, le agradezco infinitamente apague o de alguna manera inhabilite su aparato, la recompensa puede ser una ocasional conversación sin pretensiones …y el castigo que se me ocurra verificar que tan resistentes resultan estas maquinitas al ser lanzadas a varios kilómetros por hora contra el muro más cercano, para después ser rociados con abundantes líquidos corporales de aroma amoniacal.

De mi parte, me quedaré con mi prehistórico  modelo, que no interviene con mis lapsos de atención ni mi habilidad verbal, en el que mi jefe no me puede encontrar a las 2 de la mañana de un domingo, a través del cual es imposible saber si leí o no un correo electrónico laboral, por el cual no me tengo que endeudar mas allá de la ocasional recarga, que no me hace blanco del hampa, que no interrumpe mis faenas sexuales ( y que incluso las ha potenciado ;) ), que no se desintegra en pedazos luego de una pequeña caída, que tiene una batería que dura  mucho mas que varias de las de algunos dispositivos modernos, que en caso de perderse tras una juerga etílica no me generaría un dolor de cabeza financiero descomunal y que encima de todo, tiene linterna. Muchos se burlan señalando que es a blanco y negro, pero hey…el día en que mi oído desarrolle sensibilidad cromática, tal vez entonces piense en comprar un celular a color.

Muchas gracias,

DIEGO CÁRDENAS